—Es encantadora—me dijo,—la sociedad. ¡Qué alegría! ¡Qué generosidad! ¡Ya tengo amigos, ya tengo amante!

A los quince días conocía a todo Madrid: a los veinte no hacía caso ya de su antiguo consejero: alguna vez llegó a mis oídos que afeaba mi filosofía y mis descabelladas ideas, como las llamaba:

—Preciso es que sea muy malo mi primo—decía,—para pensar tan mal de los demás.

A lo cual solía yo responder para mí:

—Preciso es que sean muy malos los demás, para haberme obligado a pensar tan mal de ellos.

Cuatro años habían pasado desde la introducción de mi primo en la sociedad: habíale perdido ya de vista, porque yo hago con el mundo lo que se hace con las pieles en verano; voy de cuando en cuando, para que no entre el olvido en mis relaciones, como se sacan aquellas tal cual vez al aire para que no se albergue en sus pelos la polilla. Había, sí, sabido mil aventuras suyas de éstas que, por una contradicción inexplicable, honran mientras sólo las sabe todo el mundo en confianza, y que desacreditan cuando las llega a saber alguien de oficio, pero nada más. Ocurriome en esto, noches pasadas, ir a matar a una casa la polilla de mi relación; y a pocos pasos encontreme con mi primo. Pareciome no tener todo el buen humor que en otros tiempos le había visto; no sé si me buscó él a mi, o le busqué yo a él; sólo sé que a pocos minutos paseábamos el salón de bracero, y alimentando el siguiente diálogo:

—¿Tú en el mundo?—me dijo.

—Sí, de cuando en cuando vengo: cuando veo que se amortigua mi odio, cuando me siento inclinado a pensar bien, cuando empiezo a echarle menos, me presento una vez, y me curo para otra temporada. Pero, ¿tú no bailas?

—Es ridículo: ¿quién va a bailar en un baile?

—Sí, por cierto... ¡si fuera en otra parte! Pero observo, desde que falto a esta casa, multitud de caras nuevas... que no conozco...