Un dependiente del cabildo de Coria y dos personajes más, en calidad de consejeros supremos de la Junta, hacían como que meditaban, por el buen parecer en un rincón de la sala.

Indecible fue la alegría de la Junta Suprema cuando el portugués hubo presentado a nuestro pobre labriego en calidad de vasallo de Su Majestad Imperial.

—Excelentísimos señores—exclamó el señor Tesorero en altas voces,—reconozcamos en ese vasallo el dedo del Señor: ya ha llegado el día del triunfo de Su Majestad Imperial, y ha llegado ya al mismo tiempo un vasallo; todo ha llegado. Opino que en vista de esta novedad deliberemos.

—En cuanto a lo de deliberar—dijo entonces el señor notario,—recuerdo al señor presidente que esto es una Junta.

—No me acordaba—dijo entonces el presidente;—nótese que esta es la primera Junta de que tengo el honor de ser individuo.

—Se conoce—dijo el notario:—y lo apunto en el acta. Hable, pues, si sabe y si tiene de qué el excelentísimo señor ministro de Hacienda.

—Despiértele usted—dijo entonces el presidente al portugués que hacía de ujier,—despiértele usted, pues parece que Su Excelencia duerme.

Llegose el portugués a Su Excelencia que efectivamente dormía, y díjole en su lengua:

—No haga caso Su Excelencia de que está en Junta, que es llegado el momento de hablar.

Soñaba a la sazón Su Excelencia que se le venían encima todos los ejércitos de la reina, y volviendo en sí de su pesadilla con dificultad: