—Pido la palabra—dijo el que estaba a su lado.

—¿Quién diablos se la ha de dar a Vuestra Excelencia—dijo entonces el presidente amoscado,—si nadie la tiene?

—Recuerdo a Su Excelencia—dijo el notario,—que en el orden del gobierno de Su Majestad Imperial no se puede pedir la palabra, y que es frase mal sonante: o hablar de pronto, o no hablar.

—Si el señor Cuadrado no está para hablar—dijo entonces el presidente,—nos iremos a casa.

—Más estoy para obrar que para hablar—contestó Su Excelencia;—pero fuerza será, pues no hay quien hable. Digo en primer lugar que yo no doy un paso más adelante si no se conviene en presentar mañana a la firma de Su Majestad Imperial un decreto... ¿Eh?

—Adelante.

—Bueno. Y declaro como fiel y obediente vasallo de Su Majestad Imperial el señor Carlos V, por quien derramaré desinteresadamente hasta la primera gota de mi sangre, que no sigo en el partido si Su Majestad no lo firma.

—Mal pudiera oponerse la Junta a tanta generosidad.

—Propongo, pues—continuó el excelentísimo señor cabo, ministro de la Guerra,—el siguiente decreto que traigo para la firma. «Yo, don Carlos V, por la gracia del reverendísimo padre Vaca, y del excelentísimo señor Cuadrado, emperador de, etc.—aquí los reinos todos.—Sin entrar en razones quiero y mando que queden suprimidos los carabineros de costas y fronteras, y se reorganice el antiguo resguardo: quedando todos los fondos a disposición del excelentísimo señor Cuadrado».—Yo el Emperador.—Al ministro de la Guerra Cuadrado. Y por el pronto será del resguardo el señor vasallo que está presente, encargado por ahora, y hasta que haya más, de obedecer las órdenes del gobierno.

—Alto—dijo al llegar aquí el señor Canónigo presidente,—que yo traigo también mi decreto y dice así el borrón, mutatis mutandis.