Imp. y estereotipia de La Nación.—Buenos Aires.

ÍNDICE


págs.
[Mi nombre y mis propósitos][1]
[Una primera representación][7]
[Yo quiero ser cómico][18]
[El castellano viejo][25]
[¿Entre qué gentes estamos?][38]
[Las casas nuevas][47]
[El duelo][55]
[El álbum][63]
[Los calaveras][71]
[Modos de vivir que no dan de vivir][87]
[La fonda nueva][98]
[La vida de Madrid][105]
[La diligencia][110]
[Varios caracteres][119]
[La Noche Buena de 1836: yo y mi criado: delirio filosófico][124]
[El mundo todo es máscaras: todo el año es carnaval][134]
[Empeños y desempeños][149]
[Cartas a Andrés Niporesas, por el bachiller don Juan de Munguía ][160]
[Ya soy redactor][180]
[Don Timoteo o el literato][186]
[La polémica literaria][195]
[Don Cándido Buenafé o el camino de la gloria][202]
[El hombre pone y Dios dispone, o lo que ha de ser el periodista][210]
[El siglo en blanco][213]
[Un periódico nuevo][217]
[El hombre-globo][226]
[Vuelva usted mañana][235]
[Cuasi][247]
[La sociedad][253]
[Las palabras][262]
[Por ahora][265]
[El ministérial][269]
[En este país][275]
[La alabanza, o que me prohíban este][283]
[Las circunstancias][290]
[La junta del Castel-o-Branco][295]
[Nadie pase sin hablar al portero, o los viajeros en Vitoria][306]

FÍGARO

Don Mariano José de Larra


Nació don Mariano José de Larra en Madrid, el 24 de marzo de 1809, para ejercer grande y casi decisiva influencia en la literatura, y más que en la literatura en el periodismo de España y de todos los países del habla castellana,—entre los que está muy lejos de ser excepción el nuestro.

Desconocido en un principio por la crítica, fue desde el primer momento el mimado del público;—que no siempre deja de ser verdad lo de que tout Paris a plus d'esprit que M. de Voltaire. Y como era un escritor valiente, un ingenio agudo, un satírico acerbo y un observador de muchos quilates,—pese a la persecución de los gobiernos y las más mortales aún, mordeduras de la envidia, Larra se impuso en vida, llegó a ser gloria en muerte, y fue una vez más la sanción del soberano parecer del pueblo.

Durante su rápida cuanto fecunda carrera periodística, no tuvo competidores, y el mismo clásico e ingenuo Mesonero Romanos tuvo que ceder el paso al maestro—entonces,—y hoy desaparece en la penumbra de aquella gran sombra. Leer hoy los artículos de ambos, es recordar mañana exclusivamente a Fígaro.