—Supuesto que estamos los que hemos de comer—exclamó don Braulio,—vamos a la mesa, querida mía.
—Espera un momento—le contestó su esposa casi al oído;—con tanta visita yo he faltado unos momentos de allá dentro, y...
—Bien, pero mira que son las cuatro...
—Al instante comeremos.
Las cinco eran cuando nos sentábamos a la mesa.
—Señores—dijo el anfitrión, al vernos vacilar acerca de nuestras respectivas colocaciones;—exijo la mayor franqueza: en mi casa no se usan cumplimientos. ¡Ah, Fígaro! quiero que estés con toda comodidad; eres poeta, y además, estos señores, que saben nuestras íntimas relaciones, no se ofenderán si te prefiero; quítate el frac, no sea que le manches.
—¿Qué tengo de manchar?—le respondí, mordiéndome los labios.
—No importa; te daré una chaqueta mía; siento que no haya para todos.
—No hay necesidad.
—¡Oh, sí, sí! ¡mi chaqueta! Toma, mírala; un poco ancha te vendrá.