—Aquel viejo que viene allí: ¡mírale qué serio viene!

—Sí; el de la casaca verde, ¡va bueno!

—Dejad, dejad. ¡Pum! en el sombrero. Seguid hablando y no miréis.

Efectivamente, el sombrero del buen hombre produce un sonido seco: el acometido se para, se quita el sombrero, lo examina.

—¡Ahora!—dice la turba.—¡Pum! otra a la calva.

El viejo da un salto y echa una mano en la calva; mira a todas partes... nada.

—¡Está bueno!—dice por fin, poniéndose el sombrero;—algún pillastre... bien podría irse a divertir...

—¡Pobre señor!—dice entonces el calavera, acercándosele;—¿le han dado a usted? es una desvergüenza... ¿pero le han hecho a usted mal?...

—No, señor, felizmente.

—¿Quiere usted algo?