—Usted perdone. ¡Qué diantre! No he visto cosa más parecida.
Si se retira a la una o a las dos de su tertulia, y pasa por una botica, llama: el mancebo, medio dormido, se asoma a la ventanilla.
—¿Quién es?
—Dígame usted—pregunta el calavera,—¿tendría usted espolines?
Cualquiera puede figurarse la respuesta: feliz el mancebo, si en vez de hacerle esa sencilla pregunta no le ocurre al calavera asirle de las narices a través de la rejilla, diciéndole:
—Retírese usted; la noche está muy fresca, y puede usted atrapar un constipado.
Otra noche llama a deshoras a una puerta.
—¿Quién?—pregunta de allí a un rato un hombre que sale al balcón medio desnudo.
—Nada—contesta:—soy yo, a quien no conoce; no quería irme a mi casa sin darle a usted las buenas noches.
—¡Bribón! ¡insolente! Si bajo...