—¿Qué país es éste?—me decía no hace un mes un extranjero que vino a estudiar nuestras costumbres.

Es de advertir, en obsequio de la verdad, que era francés el extranjero, y que el francés es el hombre del mundo que menos concibe el monótono y sepulcral silencio de nuestra existencia española.

—Grandes carreras de caballos habrá aquí—me decía desde el amanecer:—no faltaremos.

—Perdone usted—le respondía yo;—aquí no hay carreras.

—¿No gustan de correr los jóvenes de las primeras casas? ¿No corren aquí siquiera los caballos?...

—Ni siquiera los caballos.

—Iremos a caza.

—Aquí no se caza: no hay dónde, ni qué.

—Iremos al paseo de coches.

—No hay coches.