Todo es allí materiales, pero hechos ya y elaborados: no hay sino ver y coger. A la entrada le llama a usted ya la atención un pequeño aviso que advierte, pegado en un poste, que nadie puede entrar en el establecimiento público sino los viajeros, los mozos que traen sus fardos, los dependientes y las personas que vienen a despedir o recibir a los viajeros: es decir, que allí sólo puede entrar todo el mundo. Al lado, numerosas y largas tarifas indican las líneas, los itinerarios, los precios: aconsejaremos sin embargo a cualquiera que reproduzca, al ver las listas impresas, la pregunta de aquel palurdo que iba a entrar en años pasados en el botánico con chaqueta y palo, y a quien un dependiente decía:
—No se puede pasar en ese traje: ¿no ve el cartel puesto de ayer?
—Sí, señor—contestó el palurdo,—pero... ¿eso rige todavía?
Lea, pues, el curioso las tarifas y pregunte luego: verá como no hay carruajes para muchas de las líneas indicadas: pero no se desconsuele, le dirán la razón.
—¡Como los facciosos están por ahí, por allí, y por más allá!
Eso siempre satisface: verá además como los precios no son los mismos que cita el aviso; en una palabra, si el curioso quiere proceder por orden, pregunte y lea después, y si quiere atajar, pregunte y no lea. La mejor tarifa es un dependiente; podrá suceder que no haya quien dé razón; pero en ese caso puede volver a otra hora, o no volver si no quiere.
El patio comienza a llenarse de viajeros y de sus familias y amigos: los unos se distinguen fácilmente de los otros. Los viajeros entran despacio: como muy enterados de la hora, están ya como en su casa: los que vienen a despedirlos, si no han venido con ellos, entran de prisa y preguntando:
—¿Ha marchado ya la diligencia? Ah, no; está aquí todavía.
Los primeros tienen capa o capote, aunque haga calor; echarpe al cuello y gorro griego o gorra si son hombres: si son mujeres gorro o papalina, y un enorme ridículo; allí va el pañuelo, el abanico, el dinero, el pasaporte, el vaso de camino, las llaves, ¡qué más sé yo!
Los acompañantes, portadores de menos aparato, se presentan vestidos de ciudad, a la ligera.