—Un duelo. ¿Ves esas caras tan compungidas?
—Sí.
—Míralas con este anteojo.
—¡Cielos! La alegría rebosa dentro, y cuenta los días que el decoro le podrá impedir salir al exterior.
—Mira una boda; con qué buena fe se prometen los novios eterna constancia y fidelidad.
—¿Quién es aquél?
—Un militar; observa cómo se paga de aquel oro que adorna su casaca. ¡Qué de trapitos de colores se cuelga en los ojales! ¡Qué vano se presenta! Yo sé ganar batallas, parece que va diciendo.
—¿Y no es cierto? Ha ganado la de ***.
—¡Insensato! Esa no la ganó él, sino que la perdió el enemigo.
—Pero...