—¡Virgen Santísima! ¡El amo viejo, el amo viejo!
Hay sucesos en la vida, que cuando se recuerdan pasados los años y con espíritu sereno sólo presentan un aspecto risible. Pero yo jamás olvidaré que aquella noche, al oír el estertor de un hombre invisible, el horrible maullar de cien felinos y los acentos de terror de un pobre indio, la sangre se heló dentro de mis venas, erizáronse mis cabellos, se estremeció todo mi cuerpo, y—lo confieso—!tuve miedo!
Salí de la estancia precipitadamente, seguido de Paulino, y tropezando con andamios y botes de pintura, fuimos a dar hasta la alcoba en donde Antonio dormía tranquilo.
—¡Antonio, por Dios! exclamé. ¡Este lugar está embrujado!
—¿Qué pasa? ¿Qué sucede? ¡Pero, hombre!, añadió Antonio, al encender la bujía y ver la expresión de nuestros rostros. ¿Qué tenéis? ¿Estáis locos?
—Poco menos, te aseguro.
Y le referí atropelladamente lo que acabábamos de oír.
—¡Vamos, hombre! ¡No puede ser! Estáis soñando. Vamos allá, y verás como no hay nada.
—¡No! ¡No vayamos!
—Sí, dijo resueltamente, y emprendimos la marcha, él por delante.
Al llegar a mi dormitorio y penetrar en él, reinaba el mayor silencio.