—¡Cómo! ¿De qué manera?

—Yo creo que murió de viejo,—tenía ochenta años,—o del susto de hallarse en tan apurado trance; aunque te diré, puesto que todo quieres saberlo, que hay quien dice que su muerte fué trágica. Este Herrera Goya, según parece, era un ente raro, sobre todo para su época. Solía hacer experimentos con yerbas, coleccionaba insectos, y tenía hasta medio centenar de gatos, que lo seguían por todos lados.

No dejó de causarme desagradable sorpresa este extremo, que relacioné en seguida con el misterio que deseábamos aclarar.

—Comprendo tu sobresalto, continuó Antonio. Y has de saber que, según la tradición entre la gente de esta hacienda, Herrera Goya,—el Amo Viejo, como le llaman,—maltrataba sobremanera a su extraño séquito; es más, lo martirizaba a cada momento. Y aseguran que, cuando murió, fué porque todos sus gatos se le echaron encima, clavándole las uñas en el cuello, y desgarrándole la garganta en girones, hasta dejarlo, después de horribles sufrimientos, exánime en un charco de su propia sangre.

Refirióme luego cómo el Santo Oficio de la Inquisición prohibió que se enterrase a Herrera en lugar sagrado y cómo fué inhumado el sangriento cadáver en la huerta, en donde marcaba su sepultura lo que yo había confundido con un asiento.

En la tarde de ese día emprendimos el regreso a México, y durante todo el trayecto, no pude distraer de mi mente el suceso que tanto me había impresionado. Al llegar a la ciudad, mandé decir misas por el alma de aquel «amo viejo», a quien se le negó cristiana sepultura, aunque la halló poética, cobijada por manglares y palmeras, cerca del surtidor del «Jardín de la Sultana».

Pasaron algunos meses. Un día me dijo Antonio:

—¿Sabes que he escrito a San Javier, ordenando que este año se pinte a Herrera Goya de negro?

—¡Hombre, no hagas eso! Ten prudencia.

—¡Hola! ¿Eres supersticioso?