—¡Está llorando!

Yo asentí con la cabeza, y mi compañero con paso quedo, salió de la estancia y cerró la puerta tras sí, cuidadosamente.

Entonces yo, presa de grande angustia, me acerqué al retrato y ví que se animaba. Una nube de tristeza nubló el semblante de mi madre, y las lágrimas que brotaban de sus ojos cayeron con mayor abundancia. Se movieron sus labios y oí una vez más la voz que veinte años enmudeciera.

—¡Hijo mío! ¡Siento una gran piedad por tí! El camino que tienes que recorrer es áspero y difícil, y grandes sufrimientos serán tuyos. Por eso es que siento tan grande piedad por tí. Nunca hagas a nadie partícipe de tus cuitas, ni a tu mejor amigo; guárdalas siempre para tí. Sé avaro de tus sentimientos; a nadie los digas. ¡Hijo mío, cuánta piedad siento por tí!

Las sombras de la noche penetraron casi repentinamente y pronto me envolvieron en densa obscuridad.

Por fin, después de no corto espacio de tiempo, encendí la luz y abrí la puerta. Rafael se hallaba en la galería, en el hueco de una ventana, y al verme, pareció despertar de un sueño.

—¡Rafael…! exclamé; pero él me interrumpió, diciendo:

—¡No me digas nada; no, ni a mí que soy tu mejor amigo!

Y silenciosamente entramos de nuevo en el aposento. Con la luz artificial, las cosas todas presentaban su aspecto de costumbre, y el retrato de mi madre la dulzura inafable de su rostro. Debajo de él, sobre una mesa, se hallaba mi último soneto; lo tomé para leerlo a Rafael, y encontré que estaba humedecido y emborronado.

LOS JUGADORES DE AJEDREZ