Quisiera que el estilo de mi rima
Subiera de repente de su punto,
Al Cielo levantando bien la prima
En solo este brevísimo trasunto.
Por poder escribir lo que ví en Lima,
Al tiempo que el concilio estaba junto,
De siete Obispos graves de consejo,
Y el Arzobispo Alfonso Mogrovejo.
Como por nuestro Rey se desease
El bien de la República Cristiana,
Por que el negocio bien se reformase
En este nuevo orbe, y tierra indiana,
Ordenó que concilio se juntase,
Premisa autoridad, santa, romana,
De tierras muy longincuas los prelados
En breve tiempo fueron congregados.
El muy docto Lartaun ha venido
Del Cuzco, y de Quito el sábio Peña;
De Santiago de Chile, uno nacido
En Medellin, lugar, tierra estremeña.
El grave San Miguel, muy entendido,
De la rica imperial ciudad Chilena;
De Tucuman, Victoria lusitano,
A quien fortuna dió en breve su mano.
D. Alonso Granero, muy prudente,
Que de antiguos Toledos descendía,
Tambien se halla en Lima, aunque doliente,
Que listado de gota, se sentia.
Del Paraguay electo de presente
Obispo está, que Guerra se decía:
En este consistorio congregado
Preside el Arzobispo ya nombrado.
Edictos se publican, que viniesen
A pedir su justicia todas gentes,
Y que en Concilio luego pareciesen
Cualesquiera que fuesen delincuentes,
De estado eclesiástico, si fuesen,
Y tuviesen tambien inconvenientes,
De religion dejada, ó dimisoria,
A todos se despacha compulsoria.
Parecen en Concilio, demandando
Del Cuzco, con algunas ocasiones,
Contra el Obispo algunos, informando
De su justicia, causas y razones.
Ibase este negocio encadenando
Por muchos que los guian sus pasiones:
De aquí nace discordia entre prelados,
Y falsas opiniones de letrados.
Un Lucio, en los derechos graduado,
Amigo mas del tuerto que el derecho,
Al Arzobispo trajo alborotado,
Con su mala intencion y duro pecho.
Del Cabildo del Cuzco es abogado,
Y piensa mejor hacer así su hecho:
El Concilio rescinda, le decia
Al Arzobispo, que así le convenia.
Con este parecer muy conmovido,
Procura el Arzobispo que cesase
El Concilio, diciendo que ha perdido
Al Virrey, que esperaba le ayudase.
Don Martin en aquesto fenecido
Habia, que Dios quiso que llegase
Su fin, digno de lágrimas y lloro,
Porque perdió el Perú grande tesoro.
Tenia en el Virrey gran confianza
La gente, que al del Cuzco perseguia;
Temiendo del de Cuzco la pujanza,
Al Arzobispo el Lucio le traia
Muy ciego, por tener de él confianza;
Y así cuanto le dice lo creia.
Por su mal parecer y mal consejo,
Al Concilio no viene Mogrovejo.
Los Obispos aquí le requirieron,
Que al Concilio presida, como suele,
A la iglesia los cuatro se vinieron:
Al Lucio le conviene ahora que vele;
Entre él y el Arzobispo respondieron.
El alma y corazon á todos duele,
Por ver tal disencion así trabada
Entre Obispos, por Lucio encadenada.
En contra á San Miguel bien se mostraba
Del parecer de todos los prelados:
Al Arzobispo él solo se juntaba;
Mas á aquellos que fueron congregados,
El Arzobispo presto excomulgaba,
Y en tablillas los pone declarados.
En aquesto el de Quito muerto habia,
Y Granero de gota padecia.
Quien vido la ciudad alborotada,
Metida en pareceres diferentes,
Al Audiencia la causa fué llevada,
Para cortar el hilo á inconvenientes.
El Audiencia Real, bien informada,
Y letrados famosos y sapientes,
Rescindieron los autos actuados,
Y así presto ya han sido congregados.
Tornáronse á juntar como solian,
Hacièndose Concilio cada dia:
En tanto que negocios fenecian,
La ciudad del comer se encarecia,
Porque de todas partes acudian,
Segun á cada cual le convenia:
Los unos, sin llamarles, son venidos,
Los otros á mal grado son traidos.
Las damas ví que estaban muy quejosas,
Diciendo, que con ellas se ha mostrado
El Concilio con leyes rigurosas,
Que el uso de rebozos ha quitado.
En Lima vereis damas muy costosas
De sedas, tramasirgos y brocados
En las fiestas, y juegos arreadas,
Mas los rostros y caras muy tapadas.
Por las calles y plaza á las ventanas
Se ponen, que es contento de mirarlas:
Con ricos aderezos, muy galanas,
Y pueden los que quieren bien hablarlas,
No se muestran esquivas, ni tiranas,
Que escuchan á quien quiere requebrarlas,
Y dicen só el rebozo chistecillos,
Con que engañan á veces á bobillos.
De aquesta libertad y gran soltura
El Limense Concilio fué informado:
Queriendo reformar esta locura,
Y abuso tan pestifero y malvado,
Publica con rigor una censura
Só pena de la cual les fué mandado,
A las damas sus rostros descubriesen,
A al menos á las fiestas no saliesen.
No fué poca la pena que sintieron
Las damas, de se ver así privadas
Del rebozo, por donde se estuvieron
En sus casas algunas encerradas.
Al fin de aquesta suerte obedecieron
Las unas, mas las otras destapadas
Salieron á las fiestas muy costosas,
Pulidas, y galanas y hermosas.
Tan bien aderezadas y vestidas,
Y con tanto primor y bizarria
En Lima andan las damas, y pulidas,
Que en corte de Castilla se tenia
En estima, basquiñas guarnecidas
De mucho oro, y de fina pedreria.
Doña Bernarda Niño una bordada
Sacó, que en tres mil pesos fué apreciada.
Aquesta sobre todas se señala
En costoso aderezo de vestido,
De Aliaga, Beatriz, lleva la gala
En discrecion, aviso y buen sentido:
Tambien la que no tiene cosa mala,
Ni menos bueno que ella, su marido,
Dá lustre, con su lustre en toda Lima,
Doña Maria Cepeda, de alta estima.
Estaba con la lírica Diana,
Doña Mariana bella, muy gozosa
La corte de los Reyes, y aun ufana;
Mas la muerte con ella fué envidiosa.
Dejónos otra ninfa, tan galana,
Discreta, buena, rica, y tan hermosa,
Que puede allá en el cielo ser lucero,
Doña Juliana es Puerto Carrero.
Doña Beatriz la Coya en esto ha ido
A Lima, dó se halla gran Señora,
Por haber el bautismo recibido:
Bien muestra ser del Inca sucesora.
Al muy sábio Loyola por marido
Le cupo, de quien es merecedora.
Doña Luisa estaba cerca de ella,
De Ulloa compañera, clara estrella.
Dejemos de contarlas una á una,
Porque era menester un largo canto,
Y mas que en todas ellas no hay alguna,
Que no tenga mil gracias; y esto tanto,
Que pára á media noche allí la luna,
Y el sol á medio dia, tanto cuanto
Por cobrar nueva luz y resplandores
De las damas de Lima y sus primores.
Pues oigan los galanes amorosos,
Y templen su contento. En Chuquiago
Sucedió en estos tiempos tan gozosos,
Un estraño prodigio y gran estrago.
Por cima de unos cerros barrancosos,
Arrancando del todo un grande lago,
Un terremoto súbito lo avienta,
Y en otro lugar nuevo lo aposenta.
La tierra, por tres partes diferentes,
Se abrió con espantable fortaleza,
Y por las aberturas y vertientes
Salía con furor gran espeseza
De polvo, y de pedrisco, que á las gentes
Mataba sin piedad esta maleza:
Un indio se salvó de este pedrisco,
Quedando sin lesion encima un risco.
Por una parte y otra el terremoto
Con gran furia pasó, quedando aislado
El indio de rodillas, muy devoto,
Sin ser del terremoto maculado.
Cual suele temeroso por el soto
La huida buscar ciervo ó venado
Cuando oye el arcabuz, así buscaba
El indio por donde ir, mas no lo hallaba.
Libróle al fin el risco y el barranco,
O por mejor hablar, el Poderoso;
De la muerte á la vida dió un gran tranco,
Contándose despues por muy dichoso.
Mas un pueblo que llaman Anco Anco,
Aquí hizo su fin muy lastimoso,
Que un cerro encima dél vino cayendo,
Y debajo la gente de él cogiendo.
Murieron cuatrocientos naturales
En solo aqueste pueblo, en despoblado
Murieron otros muchos, y animales
Silvestres, y domèstico ganado.
Con estos terremotos y señales,
Al pueblo y Perú ví desconsolado,
Y muchos dicen, ya quiere acabarse
El mundo, y el juicio apresurarse.
Y no se quedò Lima sin su suerte
De pena en este tiempo semejante,
Que un terremoto grande, crudo y fuerte
Sucede una mañana en un instante:
No hay hombre que à salir de casa acierte,
Y aquel que corre mas sale delante;
No espera la muger á su marido,
La madre deja al hijo muy querido.
De casa habia salido muy temprano,
Porque en diciendo misa me ocupaba
En concilio, por ser Arcediano.
Mi mula de repente apresuraba,
Corriendo, y en pararla me era en vano,
Que el miedo del temblor la desquitaba:
Corriò con las orejas aguzadas,
Y ainas me quebrára las quijadas.
Un ruido el temblor causó tamaño,
Que los cabellos todos erizaban:
Negocio de contarse por estraño,
Que las paredes ví se meneaban;
Y sin que recibiesen algun daño,
Temblando de tal suerte, al fin quedaban
En su ser, aunque algunas se cayeron,
Y à sus dueños debajo los cogeron.
Un caso contarè yo verdadero,
Que casi me reí, que aqueste dia
Corriendo por la calle vi un barbero,
Que al punto del temblor sangrado habia
A un hombre, que tras él saliò ligero,
Aunque la sangre roja le salia:
El barbero perdió aquí su lanceta,
Y al enfermo el temblor la vena aprieta.
De ver era mirar como salian,
Con mil disfraces hombres y las damas,
Que aquel punto los indios se vestian,
Los otros aun se estaban en sus camas.
Algunas sus afeites se ponian,
Sirviendo estaban mozas á sus amas,
Y dejarlas huyendose á la calle
A dó salen tras ellas de mal talle.
Las unas en camisa, desgreñadas,
Las otras dando gritos, mal cubiertas;
Las otras medias caras afeitadas,
Caidas, desmayadas à las puertas:
Las otras con sus hijos abrazadas,
Vencidas del temor, y medio muertas.
Al fin pasó el temblor, aunque turbada
Quedò la gente toda y espantada.
En este tiempo, dia señalado
De la Asumpcion sagrada de María,
El Sínodo Limense, que ha durado
Un año, que se cumple en este dia,
Con gran solemnidad ha publicado
Una sesion, que en suma contenía,
Que el Sínodo pasado se tuviese
Por rato, y como tal se obedeciese.
Y que los indios todos, doctrinados
Con gran solicitud y diligencia,
De aquì adelante fuesen, y enseñados
Aquello que conviene á su conciencia.
Los sacramentos sean ministrados
Segun capacidad é inteligencia;
Al indio procurando dar comida,
Que pueda conformar con su medida.
Tambien otra sesion fué publicada
En el mes de Setiembre, octavo dia,
En que fué la desorden reformada
De tratos y contratos que ante habia.
Aquesta sesion toda fué apelada,
Que aquesto, y otras cosas contenìa,
Que no daban buen gusto à los granjeros
Que escuecen los negocios verdaderos.
A veinte dos del mismo publicaron
Otra sesion de cosas provechosas,
Tambien de todas ellas apelaron,
Diciendo ser sus penas rigurosas.
Mil dares y tomares se pasaron
En este tiempo, y cosas trabajosas,
Que el pueblo deseaba se acabase
El Concilio, y mas tiempo no durase.
En el siguiente mes fuè rescindido
El Concilio, que gran tiempo ha durado.
Apelado por todos luego ha sido,
Que contra sí lo juzgan agravado;
Y pues que à nuestra España fué venido,
No quiero mas decir que estoy enfadado,
Dejando sus sesiones y conceptos
Al juicio de buenos intelectos.
Gran consuelo recibe Lima toda
En ver que ya el Concilio se acabase,
Que dó quiera la gente se acomoda
Mejor, si menos es, y que faltase
Temian cada rato, como en boda
Dó mucha gente hay, y se gastase
El pan, y vino y carne, que mil gentes
Acuden al Concilio diferentes.
Y no holgué yo menos de esta feria
Salir, que me cabia mucha parte,
Y así en el Concilio mi miseria
Gasté con mi pequeña industria y arte:
Por dó me ví en pobreza, y gran laceria,
Mas nunca jamas pude yo olvidarte
España, dulce amiga, cuyo hipo,
Me trajo sin sosiego, y el Filipo.
Y viendo mi pretenso se alejaba,
Por no tener con que volver à verte,
De mi poca ventura me quejaba,
Y à veces deseaba ver la muerte.
Cuando mas descuidado y triste estaba
De ver algun remedio de mi suerte
La Inquisicion me hizo comisario,
Y el Obispo de Charcas su Vicario.
Con esto subo arriba, dó veremos,
Lo que en el Argentino ha sucedido,
Y à nuestra musa ruda lo diremos
No diga le entregamos ya al olvido.
Del buen Sotomayor recontaremos,
Como con Don Diego Flores ha venido,
Del sin ventura pobre de Sarmiento,
Y de su vano y loco pensamiento.

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CANTO VIGESIMO-CUARTO.

En este canto se cuenta de la ida de Sarmiento á Castilla por el Estrecho de Magallanes, y de la venida de Diego Flores al Brasil, y D. Alonso de Sotomayor á Chile por el Argentino; y de la muerte del capitan Garay, y del Gobernador Mendieta.

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De escarmentados, dicen, los arteros
Se hacen: nuestra madre la experiencia
Nos presenta los casos verdaderos,
Que muchos no alcanzaron por su ciencia.
Pilotos, y muy buenos marineros
Tenian entre sí gran diferencia;
Del Magallan Estrecho el Perù estaba
Seguro de pensar se navegaba.
Francisco, como dije, la atraviesa,
Y en Lima dió rebate al de Toledo:
El descuido no dió lugar á priesa;
Causò tambien su parte el grave miedo
De aquella gran desdicha tan aviesa:
Si lo que se sonaba decir puedo,
Francisco allà la vida bien dejára,
Si de otra suerte el caso se guiàra.
Pues ido de las manos el conejo,
Tomando de Francisco el escarmiento,
Juzgòse por maduro y buen consejo
Del Estrecho hacer descubrimiento:
Ofrécese, que dándole aparejo,
A Castilla pos él irá derecho:
Despáchale el Virrey, que no debiera,
Movido de Sarmiento y su quimera.
Al fin Sarmiento sale pertrechado
De Lima, de lo que era necesario,
De su saber y estrellas confiado,
Sin temor ò recelo de corsario.
El Magallan Estrecho ya embocado,
Con un ánimo cierto, temerario,
Al mar del norte sale temeroso,
Teniendose en aquesto por dichoso.
Trató con los gigantes de Pancaldo,
Que estàn por cima el Puerto de Leones.
Acuérdome yo ahora que Gibaldo,
Soldado genovès, entre razones
Que conmigo trataba, y con Grimaldo
De su nacion, discretos dos varones,
Me dijo muchas veces que los viera
Desde el navío llegar à la ribera.
Pancaldo fuè el primero que los vido,
Un genovés, astuto marinero:
Uno de ellos, decia, que metido
Habia por de dentro del garguero
Una muy larga flecha, y no rompido,
Segun que la sacaba: hechicero
El Pancaldo le juzga, y Pier Antonio
Decia ser por arte del demonio.
A este Pier Antonio, que de Aquino
Se llamaba, le oí aquestas cosas;
De buen entendimiento, buen latino
Era, y me contaba milagrosas
E increíbles cosas del camino
Que Pancaldo llevó, cuando preciosas
Y ricas joyas diò à mal despecho,
Pensando de pasar aquel Estrecho.
Mas venturoso fué nuestro Sarmiento
Con llevar una pobre navecilla;
En atravesar, digo, que lamento
Tendrà despues al fin con su cuadrilla.
Llegó Sarmiento en paz, rico y contento,
Del orbe nuevo al viejo de Castilla,
Y dió cuenta de sí, y de su camino,
Y la causa motriz de su designo.
Holgáronse en España con la nueva
De ver que ya el Estrecho navegaban,
Y que hay sin Magallanes quien se atreva.
Con esto la tornada procuraban;
Y queriendo hacerse de esto prueba,
Las cosas de esta suerte se trazaban,
Que salga Diego Flores con Armada,
Que vaya á nuestro Estrecho enderezada.
Muchas armas se juntan y pertrechos,
Proveyéndose todo el necesario,
Que estaban los autores satisfechos
De dar en la cabeza al adversario.
Mas vemos que los fines y los hechos
Suceden las mas veces al contrario:
Al fin Diego de Flores ha partido,
Y à Sarmiento consigo se ha traido.
Tambien Sotomayor á Chile viene,
Con òrden de pasar á Magallanes:
Y tanto aquesta armada se detiene,
Pasando mil fortunas y desmanes,
Que á la costa brasìlica conviene
Venir el general, y capitanes.
Al rio de Jeniero han aportado;
Y oid aquesta Armada en què ha parado.
Salen de aquí contentos los que cuento,
Diego Flores, Valdès y el Trugillano,
El buen Sotomayor, por cognomento
Chaves, y de la madre voz, Mediano.
Con ellos, como digo, vá Sarmiento,
Cuya quimera vana salió en vano;
Al Yumiri llegaron, boca angosta,[87]
Y del reino argentino tierra y costa.
Tomaron la una boca de la banda
Del norte, que la otra se endereza
Al sur, como se diera suda y tanda
Allí; y aun le quebráran la cabeza
Al Ingles, que en la boca del sur anda,
Y estuvo allí surgido grande pieza.
Sucesos son de mar, y aun de la tierra,
Que vemos que suceden en la guerra.
Al fin salió el Ingles de allì primero,
Sin que de nuestra Armada fué sentido.
Un navio, en aquesto del Jenéro
Al Rio de la Plata hubo partido.
Encuéntrale el Ingles, por prisionero
Un piloto llevó muy conocido,
Robando lo que halla en coyuntura,
Dejó el navio y gente á su aventura.[88]
Del Yumirì saliendo nuestra Armada,
Con los del navio encuentra, que dijeron
Lo que el Ingles les hizo: la tornada
Procura Diego Flores, dó salieron
A dar carena, dice, maltratada
Que và la Armada, presto se volvieron;
Que á seguir el Ingles yo cierto creo,
Que en él satisfacieran su deseo.
El Ingles su derrota y su camino
Siguió, sin que persona le impidiera:
Despues Diego de Flores tras él vino,
Y viendo ser ya tarde se volviera;
Tomó Sotomayor el Argentino.
Sarmiento caminò, que no debiera:
Al Estrecho llegò, dó pretendia,
Mas poco le ha durado su alegria.
Tomando el Argentino el Trugillano,
La mas gente que trae es estremeña,
Salieron con gran gozo en aquel llano:
La gente les recibe paragueña
Con placer y contento soberano,
Que es gente muy afable y halagüeña:
De allí atraviesa á Chile alegremente,
Aunque se le ha quedado alguna gente.
Alegre está Garay con la venida
De aquesta armada al puerto paragueño,
Y puede por aquí ser socorrida
La gente y el gobierno del Chileño.
De ser esta carrera mas seguida
La gloria se le debe al Estremeño,
Que aunque en lengua de muchos esto estaba,
El fuè quien á la obra mano echaba.
Garay de Buenos Aires ha salido
El río arriba, dicen, con mal pecho:
Que desque uno se ve en gloría subido,
A tuerto ha de subir su casa al techo.
Y como en todo bien le ha sucedido,
De su ventura estaba satisfecho;
De guarda ò centinela no se cura,
Que fué causa de triste desventura.
Así estando una noche descansando
En tierra el capitan con mucha gente,
Algunos de temor se recelando,
Temian el suceso subsecuente:
Y el ánimo presago adivinando,
En lo futuro mal inconveniente,
El Capitan el sueño prometia,
Como en Madrid, seguro en demasía.
Mas al revès sucede de su voto,
Que el Mañuà, sin nombre ni valia,
Salió con poca fuerza de un gran soto,
Al tiempo que el aurora descubria.
Vereis en breve espacio el campo roto,
Y à Garay, que el seguro prometia,
Envuelto le dejaron en olvido
Del sueño que el habia prometido.
Garay fuè de prudencia siempre falto,
Y así por no tenerla, feneciendo
En esta desventura y triste asalto,
Fué causa de este caso tan horrendo.
Los Mañuaes descienden por un alto
Con gran solicitud y sin estruendo,
Al capitan mataron el primero,
Que nadie ha de fiar de buen tempero.
Comienzan de hacer cruda matanza,
En los que en sueño estaban sumergidos.
¡Maldita sea la loca confianza!
¿Quien soldados en guerra vió dormidos?
Desque el indio sintió su gran pujanza,
Levanta grandes voces y alaridos,
Y à diestro y à siniestro va hiriendo
A cristiano que al rio và huyendo.
Con bolas, flechas, dardos y macanas,
La guerra aquí se hizo lacrimosa:
El Cristiano que vé sus fuerzas vanas,
Y ser la resistencia peligrosa.
Dejando su miseria en las sabanas,
Los pies pone el que puede en polvorosa,
Y al bergantin se acoge de corrida,
Por escapar si puede con la vida.
Murieron con Garay justo cuarenta
De la gente escogida paragueña;
Los indios eran solos ciento y treinta:
Iba con el Garay gente estremeña,
Y entre ella algunos iban de gran cuenta.
Aquì muriò Valverde, bella dueña,
Que en quitarla la muerte, al mundo quita
Tesoro, y el contento á Piedra Hita.
Llore mi musa y verso con ternura
La muerte de esta dama generosa,
Y llòrela mi tierra Extremadura,
Y Castilla la Vieja perdidosa:
Y llore Logrosan la hermosura,
De aquesta dama bella, tan hermosa
Cual entre espinas, rosa y azucena,
De honra y de virtudes tambien llena.
Las Argentinas ninfas, conociendo
De aquesta Ana Valverde la belleza,
Sus dorados cabellos descojendo,
Envueltas en dolor y gran tristeza,
Estan à la fortuna maldiciendo,
Las flechas, y los dardos, la crueza
Del indio Mañuà, que asì ha robado
Al mundo de virtudes un dechado.
Aquí Miguel Simon, el Logrosano,
Mostrado ha su valor y grande brio,
Librando de la muerte por su mano
A su muger, que en brazos al navio
La trajo. Mas herido del pagano,
Està para ahogarse ya en el rio,
Vereis à Cuevas triste y doloroso,
Por salvar su muger muy congojoso.
En el agua cayó, cuando subia
El bergantin arriba la cuitada,
Y viendo que ya casi se hundia,
Su marida la juzga ya ahogada.
"¡O Virgen," ella dice, "en este dia,
Valedme, mi Señora y abogada
De Guadalupe, en este gran aprieto,
Que servir esta obra yo prometo."
La turbacion que habia, no refiero,
Las làgrimas, los gritos, el lamento:
El enemigo andaba carnicero,
Por la cristiana sangre muy sediento.
Al bergantin afierra crudo, fiero:
El cristiano que vido tal descuento,
Sacando vivas fuerzas de flaqueza,
Resiste al enemigo su fiereza.
Pero Alonso de Cuevas ha ayudado
Muy bien al bergantin en el combate,
Como valiente, fuerte y esforzado,
Temiendo su muger el indio mate.
Al fin nuestro Señor los ha librado,
Huyendo el bergantin: de este dislate
Naciò en la tierra un bravo atrevimiento,
Y oid con atencion el alzamiento.
El Mañuà, quedando victorioso,
Aunque era indio sin cuenta y no valiente,
Mas de ganar gran nombre codicioso,
Levanta al Guaraní muy de repente,
Y al Querandí, que es indio belicoso.
Acude cada cual muy diligente,
Juntàndose gran parte de la tierra,
Alegres en oir cosa de guerra.
El Yamandú, que arriba su memoria
Tenemos muchas veces celebrada,
Es el que lleva aquí la palma y gloria;
Por èl va aquesta cosa gobernada:
Su voz despacha à guerra citatoria,
En toda la comarca publicada,
En breve muchos indios se han juntado,
Y en su junta la guerra concertado.
Dejamos de contar cosas graciosas
Que en este ayuntamiento han sucedido,
Que á muchos les seràn dificultosas:
Mas no puedo callar de que han reñido
Dos indias de unas fuerzas espantosas,
Que á espanto en este tiempo han conmovido;
Que en ser de dos mugeres la pelea,
Placer dará al discreto que la lea.
Tupaayquà, la primera se decia,
De gran valor y esfuerzo y animosa;
La segunda se llama Tabolia,
Astuta, muy gallarda y belicosa.
Entre estas dos se traba una porfia
En la junta, por cierto muy graciosa:
Tupaayquà su marido mas bebiera
A Tabolia que el suyo, le dijera.
Sobre esto entre las dos se han desmentido,
Y à los arcos las manos luego echaron:
Mas entremedias muchos se han metido,
Y el caso de esta suerte concertaron;
Que en un palenque fuerte, muy fornido,
Con dos padrinos, que ambas señalaron,
De buena à buena riñan la pendencia,
Con que cese el rencor y diferencia.
De ver era las dos fuertes, membrudas,
De solas sus macanas arreadas,
Que no tienen mas armas, que desnudas,
Al fin en el palenque ya encerradas,
Comienzan de herir sus carnes crudas,
Y dándose muy bravas cuchilladas,
En sangre convertian tierra y suelo,
Y sus golpes sonaban hasta el cielo.
Los dos maridos, vista la hazaña,
Y el peligro presente de sus vidas,
Metidos en furor y cruda saña,
Con voces y palabras doloridas.
Que cese, piden ambos, la maraña:
Por los padrinos fueron despartidas,
Y dándoles del vino y del brevage,
Cesó la diferencia y el corage.
En la junta concluyen, que conviene
Que guerra à Buenos Aires hagan luego,
Que si un punto la guerra se detiene,
Sugetos quedarán á pecho y ruego.
El Yamandù les dice, porque suene
En España la fama, á sangre y fuego,
"Perezca la memoria del Cristiano,
Sin que dejemos dèl un hueso sano."
De aqueste parecer es Querandelo,
Con el valiente viejo Tanimbalo,
Ayuda les ofrece Tabolelo,
Yaguatatí, Terù con Manoncalo.
La grita y alarido hasta el cielo
Levantan, y nombrando à Guazuialo
Por general, del campo se han partido,
Y en breve á Buenos Aires descendido.
La gente que aquí baja es en gran suma;
Chiloazas, Beguaes, Querandies
Vienen creciendo siempre como espuma:
La flor de todos son los Guaranies;
Mil galas y lindezas de bel pluma
Encima traen de sì: mas no confies
En gala, gentileza y hermosura,
Que la verdura fresca poco dura.
Al puerto y fuerte llegan voceando,
Con trompas, y bocinas y atambores;
Las centinelas andan rodeando
El fuerte, y el poblado y rededores.
Tocan arma; en un punto peleando
Con esfuerzo vereis los pobladores:
Rodrigo Ortiz de Zárate es teniente,
Hombre de presumpcion y muy valiente.
No quieren que se suelte artilleria,
Que el una escuadra y otra anda mezclada;
Parece resonar caldereria,
O la fragua vulcana tan nombrada.
El tiempo la victoria entretenia;
La gente desflaquece de cansada:
A priesa viene ya aquella doncella,
Que á Titon dió su queja siendo bella.
El enemigo viendo que amanece,
Temiendo la pujanza del Cristiano,
Y que su gente toda desfallece,
Procura retirarse por el llano.
El General Guazuialo perece
Con parte del ejército pagano;
Nuestra gente se queda victoriosa,
Y la contraria huye muy medrosa.
Acà los de Garay, viéndole muerto,
Sigueron su viage comenzado:
Llegando à Sante Fé, seguro puerto,
El caso con dolor es celebrado.
La causa dèste mal y desconcierto,
Los mas dicen Garay haber causado:
Perdònele quien puede, que provecho
Sabemos que en la tierra mucho ha hecho.
Al Paraguay camina aquesta gente
En tres barcas, dejando allì el navìo.
Una barca, vencida del corriente,
Que lleva muy veloz el ancho rio,
Perdido el gobernalle, de repente
Se vuelca, no bastando poderío
Humano à remediarla. Perecieron
Cuarenta, y solos cuatro escabulleron.
De aquestos cuatro, dos, el uno Luna,
El otro Cosme, juntos han salido
A tierra, y travesando una laguna,
Al fin à la Asumpcion Luna ha venido
De rabiosa cruel hambre importuna,
El Cosme sin ventura ha perecido:
Al Luna, que escapò de aquesta suerte,
Un caballo le dió despues la muerte.
Mendieta, que dijimos, fué dejado
Del piloto mayor y marineros,
Como era mozo mal considerado,
Causò la muerte à sí, y sus compañeros.
Un mestizo, que estaba amancebado
Con una india, por celos mensageros
Del falso Dios de amor, que mal aprieta,
A siete dió la muerte con Mendieta.
Del cacique Martin, un indio tuerto,
Era hija la india, y muy hermosa:
Por muger se la diò, que andaba muerto
Por ella: ¿A quien no mata aquella Diosa?
El mozo, como siente el grave tuerto
De Mendieta, que es burla muy penosa
El cuerno al ojo, hizo á los paganos
Matasen à Mendieta, y sus cristianos.
De Sarmiento tratar no quiero agora,
Que, como referì, pobló el Estrecho.
Poblando, la fortuna burladora,
No fuè muy favorable de su hecho;
Que habiendo de crecer siempre en mejora,
Menguó muy de repente à su despecho:
Comienza á perseguirle de tal suerte,
Que nunca le dejó hasta la muerte.
Mas paréceme que es historia agena:
No quiero mas decir, ni del famoso,
Y buen Sotomayor, que enhorabuena
Le cupo por marido y por esposo,
Aquella que, de todos bienes llena,
Procede de un linage generoso.
No conviene yo trate, pues Arcila
En Chile con primor se despabila.
Y pues que à Chile cupo tal belleza
De pluma, de valor, de cortesia,
No es justo, que se atreva mi rudeza
Decir de Chile cosa, que seria
Muy loca presumpcion y gran simpleza
Meter hoz en la mies, no síendo mia.
Volver quiero el estilo al Chiriguana,
Y à su costumbre perra y muy tirana.

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CANTO VIGESIMO-QUINTO.

En que se trata de la junta que hizo Ibitupuá, y asaltos que los suyos dieron en tierra del Perú: del acuerdo del Audiencia de los Charcas, y de un temblor terrible en Lima.

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