Me robó del dolor la mano impía.

Torrente prodigioso, calma, acalla,

Tu trueno aterrador: disipa un tanto

Las tinieblas que en torno te circundan,

Déjame contemplar tu faz serena

Y de entusiasmo ardiente mi alma llena.

Yo digno soy de contemplarte: siempre

Lo común y mezquino desdeñando,

Ansié por lo terrífico y sublime.

Al estallar el huracán furioso,