Pero veamos á la poetisa retratada por sí propia:
«Había cumplido diez y ocho años—dice la Avellaneda en sus memorias—y excepto leer y escribir, y representar tragedias, nada sabía. Todos los desvelos de mi madre por hacerme progresar en la música y el dibujo, no habían podido llevarme más lejos que á tocar de memoria algún vals, á cantar algunas arias de Rossini, con más expresión que arte, y á pintar mal algunas flores. Mi maestro de aritmética me había declarado incapaz de conocer los números; mi profesor de gramática me decía que era imposible hacerme comprender una sola regla; en fin, cuantos se habían encargado de mi educación parecían convencidos de mi ineptitud para todo; y, sin embargo, yo escribía y hablaba con más corrección de la que es común en mi país, y, no obstante mi natural desidia para aprender, tenía sed ardiente de saber y leía mucho y pensaba mucho.»
Y pensando, y leyendo, se transformó la poetisa cubana, que llegada á Madrid en un período de animación y renacimiento literario, logró lo que á muy pocos les es dado conseguir: una reputación unánime de poetisa inspirada y de escritora correcta. Su desidia y su pereza, no eran más que aparentes; eran manifestaciones de un espíritu inquieto y soñador que no podía sujetarse al estudio metódico de materias áridas, que prefería los vuelos de su imaginación y los goces de una fantasía potente y creadora. ¡Quién sabe los dramas, las tragedias, las imágenes, las elegías que bulleron en la cabeza de Tula, cuando se mostraba tan rebelde á la gramática! He aquí dos de sus sonetos:
¡Perla del mar! ¡Estrella de Occidente!
¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo
La noche cubre con su opaco velo
Como cubre el dolor mi triste frente.
¡Voy á partir!... La chusma diligente,
Para arrancarme del nativo suelo,