—¡Dos hombres más al timón! ¡Vapor, vapor!
Hice una rápida reflexión: «Si esto vuela, participaré de ese agradable fenómeno, sea estando sobre cubierta, sea al lado de la máquina. Además, allí la cosa será más rápida». Miré en torno; había un miedo tan francamente repugnante en algunas caras, que resolví ceder a la curiosidad, y después de haberme cerciorado de que, si bien no avanzábamos, no retrocedíamos ya, descendí a la región infernal.
Las hornallas estaban rojas y las calderas gemían como Encélado bajo la tierra. El maquinista se resistió a dar más presión, la rueda giraba con esfuerzos estupendos... Aquello se ponía feo, muy feo, cuando oí la voz de Maal que, con el acento desesperado de un oficial de Tristán rindiendo su espada en Salta, gritaba: ¡Cabo!
Subí al lado de Maal; había tenido que ceder tristemente a la insinuación de algunos pasajeros y a la prudencia del maquinista que no le daba la cantidad de vapor que él pedía. Me indigné con él, ¡oh vanitas!, pero confieso que contemplé con cierto contento íntimo el desembarco de diez o doce bogas que se lanzaron a tierra con un enorme calabrote (nuevecito, como me hizo notar Maal con indecible orgullo por no haberlo empleado antes), y treparon por las breñas de la orilla como cabras, y por fin, a una cuadra de distancia, fueron a amarrarlo en el tronco de un soberbio caracolí. Fue entonces cuando empezó a funcionar un potente cabrestante movido a vapor (lo que hice notar a Maal para su consuelo), enroscando en su poderoso cilindro la enorme cuerda que tres hombres humedecían sin reposo, para que no se inflamase con el roce. Fuese la acción del cabo, lo que me inclinó a creer, aunque participando ostensiblemente de la opinión contraria del capitán, fuese, como éste lo creía, que por los simples esfuerzos de la máquina hubiésemos salido del atolladero, el hecho fue que el buque se puso en movimiento, y en breve, habiendo salvado todos los chorros secundarios, como el Perico, avistamos las dos o tres casas de un lugar situado en la margen derecha del río, frente a Caracolí, poco antes de Honda, llamado Bodegas de Bogotá, punto final de nuestro viaje marítimo.
Eran las 2 de la tarde del 8 de enero de 1882, y habíamos empleado quince días desde Barranquilla, remontando el Magdalena.
De la orilla del río, donde el vapor se detuvo, se sube por una cuesta sumamente pendiente al punto llamado Bodegas, compuesto de dos o tres casas. No hay allí recursos de ningún género, y bien triste momento pasa el desgraciado que no ha tomado sus precauciones de antemano. Por mi parte, no sólo había pedido mis mulas por carta desde Caracas, sino que, al llegar a Puerto Nacional, lugar sobre el Magdalena, de donde arranca el telégrafo para Bogotá, puse un despacho recomendando la inmediata remisión de las bestias a Honda. Cuando descendimos a Bodegas y pedí noticias de mis elementos de transporte, se me contestó que probablemente estarían en los potreros de Río Seco, pues a orillas del río no había punto donde hacerles pastar. Despaché inmediatamente un propio, que dos horas más tarde volvió diciéndome que no había mulas de ningún género para «mi Excelencia». La cuestión se ponía ardua, no porque me fuera imposible encontrarlas allí, sino porque, como decía Molière, qu'il y a fagots et fagots, hay mulas y mulas. Las que yo esperaba, pedidas a un amigo, que después supe fue engañado por un chalán que le aseguró haberlas remitido, debían ser bestias escogidas, de buen paso, liberales y seguras, mientras que aquellas que podría conseguir en Honda, eran entidades desconocidas, y en estos casos la incógnita se resuelve generalmente de una manera deplorable.
Pronto llegaron al vapor tres o cuatro caballeros de Honda, el señor Hallam, el Sr. Montero y varios otros, que se pusieron en el acto a nuestra disposición con una fineza y buena voluntad que agradezco aquí públicamente, animado de la esperanza de que estas líneas tengan la suerte feliz de caer bajo sus ojos.
Por otra parte, digo aquí lo que tendré que repetir un centenar de veces: en tierra colombiana, todos los obstáculos que la topografía de aquel país ofrece al viajero, se me han hecho leves por la incansable amabilidad de cuantas personas he encontrado, desde la gente culta, hasta el indio miserable, que en medio del camino me ha proporcionado un caballo para reemplazar mi mula cansada, sin pretender explotarme y dejando a mi voluntad la remuneración del servicio. Se sufre, sí, se sufre mucho, pero es por las cosas y no por los hombres; Colombia ha nacido ayer y se forma valientemente luchando contra las dificultades infinitas de su naturaleza abrupta, caprichosa, rica, pero salvaje. En sus montañas, una milla de camino de herradura vale tanto como una milla de ferrocarril en nuestras pampas. No nos quejemos, pues, y adelante.
Gracias a la obsequiosidad del Sr. Hallam, obtuve mulas, que me fueron prometidas para la mañana del día siguiente. Todo ese día, pasado en angustiosa expectativa, bajo una temperatura de fuego, fue realmente insoportable. Los pasajeros, numerosos, como he dicho antes, se ocupaban en los preparativos de viaje, unos con sus mulas a la mano, otros tratándolas con los arrieros. Recordé entonces lo que cuenta M. André, en su interesante descripción de este mismo viaje, publicado en Le Tour du Monde. Parece que fue explotado o creyó serlo por aquel que le alquiló las mulas, y al trazar sus recuerdos de viaje, lo anatematizó, lanzando su nombre a la execración humana. Pero he aquí que el caballero tan duramente tratado, era un hombre de honor que aprovechó su primer viaje a Europa para obtener de M. André, que no contaba seguramente con la huéspeda, una explicación completa, poco en consonancia con la altivez del insulto.
Entretanto, el ministro inglés, con su numerosa familia y servidumbre, hacía también sus preparativos para partir al día siguiente. Contaba hacer el viaje con lentitud; y como yo, por el contrario, tenía la idea de volar por la montaña, resolvimos despedirnos en la mañana. Las cosas debían pasar de otro modo.