Tell—Sí, hijo mío; hace mucho tiempo que las avalanchas habrían enterrado la aldea de Altdorf, si la selva que está ahí, arriba de nosotros, no le sirviera de baluarte.

Walther, después de un momento de reflexión:—Padre, ¿hay comarcas donde no se ven montañas?

Tell—Cuando se desciende de nuestras montañas y se va siempre hacia abajo siguiendo el curso del río, se llega a una vasta comarca abierta, donde los torrentes no espuman, donde los ríos corren lentos y tranquilos. Allí, de todos lados, el trigo crece libremente en bellas llanuras y el país es como un jardín.

Walther—Y bien, padre mío, ¿por qué no descendemos a prisa hacia ese bello país, en vez de vivir aquí en el tormento y en la ansiedad?

Tell—¡Ese país es bueno y bello como el cielo, pero los que lo cultivan no gozan de la cosecha que han sembrado![11].

Y Tell explica a su hijo lo que es la libertad. No falta, por cierto, en Colombia.

¡Cómo comprendo hoy el afecto tenaz y duro de los montañeses por su patria! Hay allí, indudablemente, una comunidad más íntima y constante entre el hombre y la naturaleza, que en nuestras pampas dilatadas, solemnes y monótonas, llenas de vigor al alba, deslumbrantes al mediodía, tristes al caer la tarde, jamás íntimas y comunicativas. La montaña suele sonreír y consolar; la pampa llora con nosotros, pero llora como por un dolor gigante y solemne, arriba de nuestras pequeñeces humanas. ¡La montaña es forma, es color; da el placer de la pintura, de la estatuaria o de la arquitectura, concreto siempre; la pampa empapa el alma en la sensación vaga y profunda de la música, infinita, pero informe!... También se ama la llanura, también en ella, oh, poeta, echa su raíz vivaz y vigorosa el árbol de la libertad!...

Chimbe es un punto del camino donde se levantan dos o tres casas, en una de las cuales hay algo a manera de hostería, en la que, después de un largo parlamento con la dueña, se obtiene un almuerzo compuesto de un caldo con papas, las papas duras y el caldo flaco, seguido por un trozo de carne salada, el trozo chico y la carne paquidérmica. Es otra de las regiones privilegiadas para el café. La temperatura, determinada no ya por la latitud, sino por la elevación, empieza a variar; la transpiración se detiene, ráfagas frescas comienzan a acariciar el rostro, y la presión atmosférica, haciéndose más leve, dificulta un tanto la respiración para el pulmón habituado al aire compacto de la tierra caliente.

Allí me despedí de la familia de mi colega, el ministro inglés, que pensaba pasar la noche algo más adelante, en Agua Larga, mientras yo, gracias a mi alazán, tenía la esperanza de arribar a la sabana, avanzar hasta Facatativá y tomar allí el carruaje, que, según mis cálculos, me estaría esperando desde la víspera.

Nunca hubiera sospechado que aquel hombre robusto a quien estrechaba la mano con cariño y que me contestaba lleno de gratitud, sucumbiría tres meses después, casi en mis brazos, derribado por un soplo helado que fue a paralizar la vida en sus pulmones. ¡No me olvidaré jamás la profunda y callada desesperación de aquella mujer joven, bella y elegante, que se había sacrificado buscando un avance en la carrera de su marido, sola, rodeada de sus hijitos, en el punto más lejano casi del mundo, emprendiendo la triste ruta del regreso, mientras el cuerpo del compañero dormía el sueño de la muerte, allá en la remota altura! Teníamos el alma sombría delante de aquel cadáver, pensando cada uno en la patria, en el hogar tan lejos y en las vicisitudes de esta carrera vagabunda... ¡Reposa el amigo en el seno de un pueblo hospitalario que mezcló sus lágrimas a las de los suyos, y según la bella frase de Soffia, el mismo cielo que habría cubierto sus restos en suelo inglés, los cubre en tierra colombiana!