El país.—Su configuración.—Ríos y montañas.—Clima.—División política.—Plano intelectual.—El Cauca.—Porvenir de Colombia.—Organización política.—La capital.—La constitución.—Libertades absolutas.—La prensa.—La palabra.—En el Senado.—El elemento militar.—Los conatos de dictadura.—Bolívar.—Melo.—Los partidos.—Conservadores.—Radicales.—Independientes.—Ideas extremadas.—La asamblea constituyente.
Ha llegado el momento de echar una mirada de conjunto sobre esta inmensa región de la América Meridional que se extiende desde el Istmo de Panamá a las tierras vírgenes e inexploradas donde comienza a correr el Amazonas, que se llamó virreinato de Santa Fe, bajo la dominación española, Nueva Granada más tarde, y que hoy ha reivindicado para sí el glorioso nombre de Colombia, que cobijó la reunión de tres repúblicas del Norte, confederadas bajo la inspiración de Bolívar, separadas al día siguiente de su muerte.
El suelo colombiano se extiende entre los grados 73 y 84 de longitud occidental y 12 de latitud Norte, 5 de latitud Sur (meridiano de París), cubriendo una superficie de 13.300 miriámetros cuadrados, sobre la que vive una población de poco más de tres millones de almas.
La nación está dividida políticamente en nueve estados soberanos, que son: Antioquía (capital Medellín), Bolívar (Cartagena), Boyacá (Tunja), Cauca (Popayán), Cundinamarca (Bogotá, capital de la Unión, pero no federalizada), Magdalena (Santa Marta), Panamá (Panamá), Santander (Socorro), Tolima (Neiva).
A partir del Ecuador, los Andes, dividiéndose en tres grandes brazos, determinan el sistema orográfico de Colombia, formando tres extensos valles: el del Magdalena, el del Atrato y el del Cauca, regados por los tres ríos que le dan su nombre. El clima, ardiente y malsano en las tierras bajas, sobre todo a inmediaciones de los cursos de agua, es fresco y saludable en las alturas...
No es mi intención hacer una descripción geográfica de Colombia, que fácilmente puede encontrarse en cualquier tratado.
Por una coincidencia que viene a corroborar las leyes históricas de Vico, Montesquieu y Herder, se podría fácilmente levantar el plano topográfico de Colombia estudiando el carácter de los hijos de sus distintas secciones. Aquí, inquietos, vagabundos, aventureros; allí, sedentarios, rudos para la labor, económicos y perseverantes. Más allá, sombríos, desconfiados, tétricos; en el Cauca, poetas, soñadores, vibrantes; en Bogotá, cultos, eruditos, decidores, eminentemente sociales. Y sobre el conjunto, un lazo de unión íntima que les comunica el carácter de vigorosa personalidad que distingue más a un colombiano de un hijo de Venezuela o del Ecuador, que a un ruso de un persa.
¿Qué hay dentro de esos millares de leguas? En la exigua parte conocida, todo lo que la imaginación más ambiciosa puede pedir a la corteza de la tierra, desde los productos tropicales más valiosos hasta los frutos de las zonas templadas. El Cauca, ese territorio tan análogo a nuestro Chaco por su misteriosa oscuridad; el Cauca, que linda al Noroeste con el istmo de Panamá y va a confinar con los desiertos del Brasil en el extremo Sudeste, sólo es conocido, y no totalmente, en la parte que se extiende paralela al Pacífico; el inmenso y vago territorio del Sur es tan fértil, que los escasos datos traídos por raros viajeros, semejan leyendas; es y será por mucho tiempo una incógnita.
El porvenir de Colombia es inmenso, pero desgraciadamente remoto. Será necesario que el exceso de la población europea llene primero las vastas regiones americanas aún despobladas, que atraen la emigración en primer término, por la analogía del clima y las facilidades de transporte, para que la corriente tome el rumbo de Colombia. ¿Cuántos años pasarán antes que se llene el far-west del Norte o las dilatadas pampas argentinas, sin contar con la Australia y el Norte de África? Pero, si ese porvenir es remoto en el sentido de una transformación definitiva, no lo es respecto a los progresos inmediatos que lo acelerarán. Colombia, después de sus largas y sangrientas luchas, aspira hoy a la paz, cuyo sentimiento empieza a arraigarse de una manera profunda en el corazón del pueblo. Los gobiernos se preocupan ya de la necesidad de hacer todo género de sacrificios para dotar al país de un sistema regular de vías de comunicación, sin las cuales las riquezas nacionales serán eternamente desconocidas.
La organización política actual de Colombia es sumamente defectuosa; y esta opinión que avanzo después de un estudio detenido, con cuyos detalles no recargaré estas páginas, es compartida hoy por muchos colombianos ilustrados. El sistema republicano, representativo, federal, es allí llevado a sus extremos. Cada estado es soberano, con una autonomía legal incompatible con el desenvolvimiento de la idea nacional. Mientras entre nosotros no hay más soberano que el pueblo argentino, que los gobernadores de provincia son agentes naturales del P. E. N., que la autoridad del Congreso está arriba de todas, sin más limitación que la determinada por la Constitución, atribuyendo a los ciudadanos el recurso de inconstitucionalidad ante la Corte Suprema de Justicia, en Colombia, como he dicho, cada estado es soberano, gobernado por un presidente y participando del gobierno general por medio de dos plenipotenciarios que delega al Senado, especie de consejo anfictiónico. Las leyes del Congreso pueden ser vetadas por la mayoría de las Legislaturas de los Estados y no tienen fuerza ejecutiva hasta tanto que hayan merecido la aprobación de las mismas. Añadid que el Presidente de la Unión dura sólo dos años, mientras el período presidencial en algunos estados es mucho mayor; pensad en la incomunicación constante de las diversas secciones de ese organismo tan vasto y decid si es posible que se desarrolle y eche raíces el sentimiento nacional.