He dicho ya la afición inmensa que hay en Bogotá por la música. No hay casi una niña que no toque bien el piano, y recuerdo entre ellas a dos de la naturaleza más profundamente artística que he encontrado en mi vida. En cualquier parte del mundo habrían llamado la atención. Una de ellas, la señorita de Caicedo Rojas, tiene la intuición maravillosa de los grandes maestros.

La intuición, porgue nunca ha salido de Bogotá y no ha podido, por consiguiente, asimilarse la tradición de los conservatorios europeos respecto a la interpretación de los clásicos. Es indudable: se necesita nacer con un organismo musical para distinguir en los tintes del estilo las obras de los poetas clásicos del sonido. ¡Con qué solemne majestad traducía a Beethoven! ¡Qué ligereza elegante y delicada adquiría su mano para bordar sobre el teclado uno de esos tejidos aéreos de Mozart, tan tenues como los hilos invisibles con que dirigía su carro la reina Mah! Solloza con Schubert, canta y sueña con Mendelssohn, brilla y gime con Chopín, vibra y arrebata con Rubinstein, conservando siempre, arriba de todo, el carácter expresivo de su personalidad. ¿Me perdonará estas líneas la suave y modesta criatura, a quien debo un momento inolvidable?

¿Me perdonará la Sta. Teresa Tanco, mi simpática compañera del Magdalena, si le repito en estas páginas lo que tantas veces leyó en mis ojos, esto es, que tienen razón los bogotanos de estar orgullosos de ella por su espíritu, la altura de su carácter y su talento musical incomparable? Sentada al piano, moviendo el arco de su violín, haciendo gemir un oboe o las cuerdas del arpa o el tiple, cantando «bambucos» con su voz delicada y justa, componiendo trozos como el Alba, que es una perla, siempre está en la región superior del arte.

No conoce la poesía sencilla e íntima de nuestra naturaleza americana aquel que no ha oído cantar a dúo un «bambuco» colombiano a las Stas. Tanco.

El «bambuco» es el triste de nuestra campaña, pero más musical, más artístico. La misma melodía primitiva, el mismo acento de tristeza y queja, porque la música, en todas las regiones sociales, es el eterno consolador de las amarguras humanas. A ella acuden las sociedades cultas para alcanzar un reflejo de ese ideal que va muriendo bajo el pie de hierro del positivismo actual, a ella, el habitante de los campos y de las montañas para traducir las penas que turban su corazón simple, pero corazón de hombre.

Transcribo aquí dos «bambucos»[15]. Como se verá, el verso en sí mismo no vale nada; es la música que lo acompaña, la expresión con que se dice, lo que constituye todo su mérito. Tal triste, oído una noche en un pobre rancho de nuestros campos con profunda emoción, no resiste a la tentativa de trasladarlo a una orquesta como motivo de sinfonía.

Los ensayos que se han hecho en ese sentido, no han dado nunca resultado...

Flor la más bella
De entre mis flores,
Lucero hermoso
De un cielo azul,
Precioso emblema
De mis amores,
Nuncio querido
De horas mejores...
Esa eres tú
Ave que gime
Lejos del nido,
Lejos del bosque
Donde nació,
Pájaro errante
Que sorprendido
Por las tinieblas
Vaga perdido...
Ese soy yo...

Cruzo la senda
Sola y oscura,
Dame un destello
De tu alba luz.
Soy árbol mustio,
Quiero frescura,
Soy desgraciado,
Quiero ventura...
Dámela tú.

Como se ve, son simples cantares populares, ecos melancólicos y tristes, como si ese tinte del espíritu fuera el único rasgo que identifica a la especie humana bajo todos los climas y en todas las latitudes. Repito, una vez más, que el encanto está en la música y en la suavidad de la expresión al cantarla.

Es muy frecuente, por las noches, oír, en los sitios de los suburbios donde el pueblo se reúne, bambucos en coro, cantados con voces toscas, pero con un acento de tristeza que hace soñar. Si no fuera la influencia terrible de la chicha, que ya he mencionado, el pueblo colombiano—hablo de la masa proletaria y errante,—con su maravillosa predisposición artística, se elevaría rápidamente en la escala de la civilización. Como raza indígena, la considero superior, no sólo a la nuestra, que es la primera en barbarie y atrofía intelectual[16], sino también a la del Perú, que no tiene los instintos de dignidad que caracterizan a la colombiana. El valor de los indios de Colombia, sobre todo de aquéllos que viven en regiones montañosas—pues el clima terrible de la tierra caliente enerva a los que nacen y se forman dentro de esa atmósfera de fuego,—es hoy tradicional en aquella parte de América. En la guerra de la independencia, como en las largas y cruentas luchas civiles que se han sucedido hasta 1876, cada batalla ha sido una hecatombe. En una de las últimas, después de un día entero de batallar, con las mortíferas armas modernas, la victoria quedó indecisa y perdió cada uno de los ejércitos más del 50 % de su efectivo.