Mi permanencia en Colombia había concluido, debiendo pasar, por disposición de mi gobierno, a ocupar una de las legaciones argentinas en Europa. Fue entonces, en medio de la agitación que siempre producen las nuevas perspectivas, los cambios radicales en el curso de la vida, cuando me di cuenta de mi cariño por el pueblo que tan abierta y generosa hospitalidad me había dado. Y no era por cierto el sentimiento exclusivo de mi gratitud personal: era algo más alto, era el afecto profundo por aquella sociedad que hablaba de mi patria con una predilección marcada sobre todas las naciones del continente y que había querido honrar en mí al representante de la tierra argentina.

Es la primera vez que hago una referencia a mi posición oficial en Colombia; pero quiero que, si algún argentino lee este libro, sepa que en Bogotá, desde los altos poderes públicos, hasta el pueblo mismo en sus ingenuas manifestaciones, no han cesado un momento de demostrarme su viva simpatía por nuestra patria, el contento generoso por sus progresos y el deseo de estrechar con ella relaciones íntimas y cordiales, en beneficio del progreso y de la paz americanos.

Esa simpatía responde a varias causas. En primer lugar, los recuerdos de la lucha de la Independencia. Todos conocernos aquella rivalidad caballerosa, que tenía por teatro la vieja Lima, entre los oficiales colombianos y los argentinos, entre los vencedores de Boyacá y los vencedores de Chacabuco. Antagonismo de héroes, combates de cortesía, como habría dicho un heraldo de armas del siglo XV. Los colombianos tenían por jefe a Bolívar, los argentinos a San Martín, y todos comprendían que esas dos glorias no cabían en el continente. Los colombianos traían marcadas en las heridas de la carne, y muchos en las del corazón, las huellas del largo batallar en las llanuras de Venezuela y en los Cerros granadinos, contra la fuerza, la arrogancia y el valor españoles. Los argentinos recordaban la incomparable hazaña del paso de los Andes, cuando en las alturas donde mora el cóndor habían librado combates inmortales. Unos y otros miraban al Perú como tierra conquistada, propia; unos y otros hacían resonar sus espuelas en el pavimento de la ciudad de los reyes con la altivez de triunfadores, y tal vez con la conciencia de la superioridad sobre los que acababan de libertar. ¡Y qué hombres! Sucre, Córdoba... de un lado; Lavalle, Necochea... del otro. ¡Nubes en presencia, cargadas de electricidad! No estalló el rayo, pero el relámpago iluminó más de una vez los varoniles rostros.

Tanto los oficiales de Bolívar como los de San Martín, pertenecían a la clase más elevada de las sociedades de Colombia y del Río de la Plata. La altivez nativa se unía a la jactancia castellana del valor. Habituados a jugar la vida a cada instante, a los triunfos fáciles en amor, al amparo de su maravilloso prestigio en América, el antagonismo no se concretaba a la reputación militar, sino que revestía sus formas más irritantes en el estrado donde la limeña hacía brillar sus ojos tras el abanico de encaje. Allí, la voz de bronce de la disciplina tuvo que sonar más de una vez para impedir que el rápido cruzar de palabras irónicas en el salón se convirtiese, en la calle, en el centellear de las espadas.

Antagonismo de cabezas ligeras y corazones calientes, como fueron todos esos oficiales de la guerra de la Independencia, aristocráticos hasta la médula, desprendidos, generosos, con el sentimiento más que con la razón de la causa por que jugaban la vida, enardecidos por la lucha y siguiendo la bandera de su jefe con la ciega obstinación de un oficial de Wallenstein en la guerra de treinta años. El largo alejamiento de la patria, la tenaz persistencia de la lucha, la efímera ocupación del suelo que reducía con frecuencia esa misma patria a los límites del campamento y en los días de batalla a la tierra del combate, la influencia, por fin, de la vida militar prolongada, habían hecho de los oficiales argentinos y colombianos el prototipo de los hombres ligeros en el pensamiento y en la acción, brillantes en la despreocupación del porvenir, viviendo au jour le jour, sabiendo que con valor pagaban, y seguros de que el caudal no concluiría.

Al fin, uno cedió. ¿El más patriota, el más razonable? ¡Cuánto se ha dicho sobre esa entrevista de Guayaquil, que algunos historiadores, para quienes las cosas de la independencia están siempre al diapasón de la tragedia, han querido cubrir con un velo misterioso y levantar al nivel de los grandes problemas históricos! Al norte del Ecuador, el acto de San Martín no fue sino el acatamiento respetuoso del genio y del derecho de su rival; al sur, la abnegación suprema de un gran corazón, la inspiración del patriotismo, en generoso sacrificio de sí mismo en obsequio de la causa americana. A mis ojos (y bien osado me encuentro para hablar de estas cosas, después de voces tan altas y autorizadas); no hubo sacrificio personal en el retiro del general San Martín. Todo es cuestión de organización moral; Bolívar, retirándose a la vida privada, o San Martín, manteniendo a sangre y fuego su primacía en el Perú, habrían sido hechos tan fuera de la lógica, tan contrarios a su carácter como naturales fueron los papeles diversos que les tocaron en el drama. Bolívar...—se me ocurre suponer a Bolívar nacido en suelo argentino, miembro de la logia Lautaro (allí Alvear habría encontrado su maestro)—vencedor en San Lorenzo, general transitorio del ejército del Norte, organizador, en fin, del ejército de los Andes. ¿Cuál habría sido su actitud ante la situación interna del país bajo el directorio de Rondeau? ¿Habría, como San Martín, desobedecido, cruzado la montaña, y dando la espalda a la anarquía, más aún, a la agonía de la patria nueva, ido a libertar al Perú? ¿ Habría, una vez vencedor en el Perú, cedido el puesto a San Martín viniendo del norte, embarcádose, y llegado frente a las playas de su tierra, negádose a pisarlas, porque la guerra civil la asolaba, para ir a terminar en la vida de un bourgeois meditabundo, su carrera de acción y de luz? Y allí, en la casita de los arrabales de Bruselas, Bolívar, en 1830, cuando un pueblo golpeaba a su puerta, pidiéndole que se pusiera al frente de la insurrección contra un opresor tan odiado como el español... ¿habría contestado a los belgas con la seca lógica de San Martín? A mi juicio, los rumbos de la historia americana habrían cambiado profundamente; el espíritu se pierde en la conjetura, pero el estudio de los caracteres de esos dos hombres permite asegurar que su acción, en medios idénticos, habría sido diversa. Bolívar ansiaba algo más que la gloria militar, que lo era todo para San Martín (me refiero a las ambiciones y no a los sentimientos patrióticos de los dos libertadores). Bolívar veía más alto y más lejos, pero San Martín veía más recto. El uno había nacido para dominar, el otro para vencer. Bolívar tenía la tela de aquellos generales romanos que se hacían proclamar emperadores por las legiones que marchaban en el fondo de la Germania o en las montañas de Hispania. San Martín era un general del tiempo de la república; habría cavado gustoso la tierra... pero después de vencer. Para Bolívar la tarea empezaba después de la batalla; para San Martín concluía. En 1826 Bolívar pedía aún una coalición americana contra el Brasil, más aún, la ofrecía... con tal que se le diera el mando supremo. San Martín quedaba silencioso en Boulogne. Insaciable el uno, por temperamento, por vibración intelectual, por el correr violento de la sangre; frío, sereno, reposado el otro, por la glacial y predominante fuerza de la razón. Caudillo, tribuno, ora cacique de barrio, ora diplomático de alto vuelo el primero; el segundo, soldado. ¿Soldado, con la religión del deber; el primero, bajo la disciplina, soldado, según la idea moderna y exacta? No lo sé; pero, sí, soldado en su corte moral, en sus propósitos, en sus ambiciones, en el ideal de su vida, trazada de antemano como la trayectoria de una bala de cañón. ¿Qué tenía que hacer semejante hombre en el Perú, después de la victoria? La independencia era un hecho ya y su consagración definitiva, Junín, Ayacucho, cuestión de días más. ¿Y luego? ¿Ser dictador del Perú, crear, por un movimiento de orgullo, ese absurdo de Bolivia, rotulándolo con su nombre, volver a Buenos Aires, hacerse dictador en el hecho, saltar una tarde por la ventana ante la conspiración que avanza, salvado por su querida, para ir a pasar la noche bajo el arco de un puente miserable y salir al alba con el rostro lívido y el traje maculado?... No, San Martín no era el hombre de ese corte. Había concluido su misión. ¿Lo invadió, además, el desencanto profundo de los que llegan a la meta, y allí, fría el alma, repiten el triste gemido del salmista? Tal vez... Pero el hecho es que era un hombre concluido. ¿Volver a su patria, hundirse en la estéril abnegación de Belgrano, deshojar uno a uno sus laureles, luchando, como el vencedor de Tucumán, contra oscuros gauchos que lo vencían... o verse, en un consejo militar, burlado por un Moldes o un Dorrego, petulantes, irritables y escépticos, bolívares pequeños, turbulentos e implacables por trepar al poder? No era ese su corte, lo repito, y eso, felizmente para su gloria.

Tengo, pues, para mí, que San Martín, al embarcarse en el Callao para Guayaquil, y al sentarse en aquel sofá al lado de Bolívar, dominándolo con su alta talla, tenía ya resuelto en el fondo de su espíritu todo el problema. No hubo misterio, no hubo la abnegación desgarradora que se dice; hablaron un cuarto de hora sobre el tema, una hora sobre sí mismos... y todo quedó arreglado. Un fisiólogo hubiera previsto el retiro de San Martín, como un astrónomo el regreso de tal o cual cometa, siguiendo ambos las leyes de la naturaleza, inmutables en los cielos como en el microcosmos humano...

Después de la partida de San Martín, el antagonismo entre colombianos y argentinos se acentuó más aún; la arrogancia recíproca dio origen a la triste página de Arequito, lo que no impidió más tarde las heroicidades de los granadinos y de los hijos del Plata en los campos de Junín y Ayacucho. Pero, cuando sonó la hora del regreso, para volver a la patria, a morir, casi todos ellos, en las oscuras guerras civiles, salvo los elegidos que hallaron tumba gloriosa en Ituzaingó... ¡cómo se tendieron y estrecharon esas manos varoniles encallecidas por la espada y cómo se humedecieron esos ojos iluminados siempre en la batalla! Trepando en la áspera senda de la gloria, llegaron simultáneamente a la cumbre, y allí, con la cara torva, se miraron como debieron hacerlo Jiménez de Quezada y Belalcázar, al encontrarse frente a frente en la sabana de Bogotá, partidos, el uno del norte y el otro del sur, después de largos meses de martirio... Más tarde, los colombianos contaban a sus hijos el duro batallar de la Independencia, la figura de Necochea, del Murat argentino, abriéndose camino, con su sable entre el muro español... y a su vez, los argentinos, los pocos que vegetaban aún en las largas y tristes veladas de la tiranía, narraban en voz baja las hazañas pasadas, cuando Córdoba avanzaba como un héroe legendario, a la voz de «¡Paso de vencedores!» Y los dos pueblos que habían dado libertad a la América y confundido su sangre en la batalla, dejaban a la generación que los seguía, ese legado de cariño, de simpática respeto que hoy muestra Colombia para la Argentina y la Argentina para Colombia.

No nos volvimos a encontrar en las rutas de la historia. Harto que hacer teníamos con nosotros mismos, ocupados en sangrarnos hasta la extenuación, como si hubiéramos querido fecundar la tierra patria con el jugo de nuestras venas. Pasaron los años, y un día, día feliz para mí, me toca en suerte ir a decir a Colombia que el pueblo argentino no se había olvidado del pasado y que le tendía su mano, no ya para batallar, sino para avanzar unidos en la paz y en el progreso. Cómo fue recibida esa palabra, no lo olvidaré nunca, como tampoco la sensación inefable, grave y profunda, que se siente cuando el destino nos llama, en uno de esos momentos, a representar a la patria en el extranjero.

¿En el extranjero?... Debía tener nuestro idioma otra palabra para designar los pueblos idénticos a nosotros. No puedo habituarme a designar con la misma voz a un uruguayo o a un colombiano, que a un alemán o a un ruso. En el corte moral somos iguales, como en el tipo físico, en las maneras, en el calor de los cariños, en la rapidez del entusiasmo, y ¿lo diré?, en la ligereza con que nos formamos opinión sobre las cosas y sobre los hombres. Concebimos bajo las mismas leyes intelectuales, como aspiramos a la fortuna con idéntico propósito, así como, con igual desenfado, la echamos por la ventana, una vez conseguida. Un bogotano, un cachaco exquisito, pobre como Adán, había tenido la suerte de ser designado por el gobierno para conducir a Quito no sé qué piedra conmemorativa de la independencia. Como es natural, recibió de antemano su viático, suma bastante redonda. Cuando llegué, era tal su cariño por la República Argentina y tal su deseo de manifestármelo, ¡que supe estaba resuelto en emplear todo su viático en darme un baile! Me costó un triunfo disuadirlo por medio de un amigo. Es el mismo cachaco que decía, no sé en qué ocasión solemne en que había de celebrar algo grande: «¡Vamos a calaverear la república!»... ¿No os parece oír hablar a un compatriota?