Nada más brillante que los puntos de reunión en las calles de Nueva York a las horas de tono. La belleza de las mujeres asombra; las correctas líneas británicas, templadas por una gracia indecible, la elegancia de los trajes, el aire suelto y fácil con que son llevados, hacen de la neoyorquina un tipo especial. Dicen los que han vivido mucho tiempo en el seno de esa sociedad, que la atracción invencible del exterior nada es al lado de los encantos del espíritu y de la dulzura exquisita del corazón. No lo sé, ave de paso, extranjero, he pasado más de una hora en la intersección de la Quinta Avenida y Broadway, con ese aire imbécil que tiene un huésped instalado en la puerta del hotel que habita, saciando mis ojos con el cuadro encantador que se renovaba sin cesar. No puedo decir que los hombres me hayan seducido tan francamente; el tipo general es de una vulgaridad aplastadora. Parece faltarles el pulimento final de la educación, las formas cultas que sólo se adquieren por un largo comercio con ideas ajenas a la preocupación de la vida positiva. No critico ni exalto el modo de civilización yanqui; me limito a hacer constar que, fuera de las mujeres, se puede recorrer la gran ciudad en todo sentido sin encontrar nada que despierte las ideas altas que el aspecto del arte suscita. Calles espaciosas, cómodas, muy bellas algunas, como Broadway o la Tercera Avenida, parques suntuosos, iglesias monumentales, de todos los estilos conocidos, pero nuevecitas, en hoja, acabadas de salir de la caja, edificios soberbios, regulares, todos los progresos de la edilidad moderna, teatros pequeños pero elegantes, ferrocarriles y tranvías en todas direcciones... pero jamás aquellas encrucijadas de París, de Viena y de las ciudades italianas, en las que un viejo balcón saliente detiene la mirada, o un mármol ennegrecido por el tiempo serena el espíritu con la armonía de sus líneas.
¿Puede haber nada más abominable que ese ferrocarril elevado que corre sobre un puente tendido en todo el ancho de la calle, de tercer piso a tercer piso? Debajo, un crepúsculo constante, la falda eterna del sol. ¡Ay de los infelices que allí viven! ¡¡Pero se va más ligero!! Ninguna policía europea permitiría el embarco de los pasajeros en el tren elevado de la manera que se hace; pero aquí cada uno se cuida a sí mismo, y si hay alguna desgracia, las compañías pagan. Transporte democrático, símbolo perfecto de la igualdad, convencido. Entretanto, en la aristocrática Tercera Avenida no hay elevado, ni tranvías, y al Central Park no entran los humildes fiacres que estamos habituados a ver en el Bois de Boulogne. No critico la medida, pero hago constar la falta de lógica. Puedo asegurar que no hay pueblo sobre la tierra que apegue más importancia a las preocupaciones humanas que radican en la vanidad. En eso, todas nuestras repúblicas se parecen, pero ninguna ultrapasa la de los buenos yanquis. El prurito de la aristocracia es curioso entre ellos. No hablo del Sur, donde se conserva aún la tradición de la aristocracia de raza; me refiero al Norte, a ese mundo de financistas, industriales y comerciantes. Es curiosa la influencia que tiene entre ellos un título nobiliario; en el centenario de Yorkstown los miembros de la comisión francesa, casi todos titulados, eran objeto de un estudio detenido para todo el mundo. Una cinta, una decoración, un botón multicolor con que hacer florecer el ojal de la levita, es su sueño constante. Hay algo de ingenua puerilidad en eso. ¡Ay, mis amigos! ¡Si aristocracia quiere decir distinción, delicadeza, tacto exquisito, preparación intelectual para apreciar los tintes vagos en las relaciones de la vida, fuerza moral para elevarse sobre el utilitarismo, pasarán aún muchos siglos antes que la correcta huésped descienda sobre el suelo americano! Contentáos con el lote conquistado, con ese admirable sentido práctico que os distingue entre los hombres; multiplicad los productos de Chicago y las balas de algodón; vivid libres y felices bajo el amparo de la Constitución que os rige; poblad, edificad, trazad rutas nuevas; pero no olvidéis nunca a aquel general romano que amenazaba a los encargados de llevar una estatua de Fidias, de Atenas a Roma, con hacérsela rehacer si llegaban a destruirla. La concepción de la vida, tal cual los americanos del Norte la comprenden, puede proporcionar quizá la mayor suma de bienestar material sobre la tierra. Pero las naciones son como los hombres: para brillar incomparablemente en la historia, necesitan desgarrarse el seno en una gestación dolorosa; para crear el arte, es indispensable esa actividad intelectual, lírica, fantástica, reñida con la práctica, que trae las fatales confusiones entre el sueño y la realidad, que determinan la guerra del Peloponeso, él torbellino italiano del siglo XVI o la monstruosa sacudida del 89. Rousseau no ha sido ni es posible en los Estados Unidos; ese pueblo seguirá a un hombre que le muestre el becerro de oro como la meta suprema; jamás el estilo, la teoría, el calor del sentimiento, el arte en sus formas más elevadas, estremecerán esa masa flemática, embotada por una educación tradicional.
Mi permanencia en Norte América fue muy corta; circunstancias especiales me hicieron abreviar el tiempo que pensé consagrar a la gran república. No me es, pues, posible hablar con detalle de un país que he visitado tan rápidamente. La impresión predominante es que uno se encuentra en un mundo nuevo, extraño, diferente a aquel en que estamos acostumbrados a vivir. Juzgo que para un latino cuya vida ha pasado en el seno de sociedades cultas y educadas, será difícil connaturalizarse con el modo de ser yanqui, áspero y egoísta en sus formas. La preocupación del dinero predomina sobre todas; el público sabe casi diariamente, por la publicidad de los periódicos, el estado de fortuna de un Vanderbilt o de un Stewart, lo que gastan en su mesa, la materia de que se componen los utensilios más insignificantes o característicos del hogar. Aquéllos que gimen sobre los abusos de la prensa en Sud América o en Francia, podrían difícilmente citarnos el ejemplo de los Estados Unidos. No he visto jamás una injuria más sangrienta lanzada a la faz de una sociedad entera, que una caricatura que se me mostró. Hay un espléndido palacio en la Tercera Avenida, que es el Faubourg Saint-Germain de Nueva York, que fue construido por una famosa partera, cuya habilidad y discreción le habían valido esa opulenta clientela. Las malas lenguas aseguran que los procedimientos secretos de Missis X. han impedido de una manera notable el aumento de la población neoyorquina. Muerta la dama, un diario de caricaturas publicó un dibujo representando la Tercera Avenida llena de niños, que corrían de un lado a otro jugueteando. Al pie, esta leyenda: «La Tercera Avenida, dos años después de la muerte de Missis X.». Paréceme que en cualquier otro país del mundo las costillas del caricaturista no habrían quedado intactas.
Si en alguna parte el aforismo de Girardin sobre la impotencia de la prensa tiene aplicación, es en Norte América. Los diarios se tiran a centenares de millares y constituyen uno de los géneros de empresa industrial que reportan más beneficio. Pero es el anuncio y la información lo que les da vida y no la opinión política. ¿Qué le importa a un yanqui lo que piensa un diario? Lo compra, lee los telegramas y luego los avisos.
La verdad es que en el día la prensa universal tiende a tomar ese carácter. El valor e importancia del Times consiste en su preocupación incesante de reflejar la opinión, con todas sus aberraciones y cambios, en vez de pretender dirigirla.
Uno de los establecimientos más característicamente yanquis que he visto, es el opulento bar-room llamado Hoffmann House y situado frente a Madisson Square. Se me ha asegurado que su propietario pasó diez años en una penitenciaría por haber dado muerte a un hombre en un momento de celos. Tiempo tuvo para madurar su idea, que en realidad le salió excelente. Debe haber empleado sumas enormes en construir aquellos lujosísimos salones, cuyas paredes están tapizadas de obras maestras de la pintura moderna. Sólo «Las ninfas sorprendidas por faunos», de Bouguereau, le ha costado diez mil dólares, y poco menos la «Visión de Fausto» y otras telas de un mérito igualmente excepcional. Estatuas, bustos, autómatas, todo lo que puede atraer la mirada humana. Salas de lectura, de correspondencia, posta, telégrafo, y en un vestíbulo especial, tres aparatos de ese maravilloso telégrafo automático que va desenvolviendo constantemente la cinta de papel en que están consignadas, minuto por minuto, las noticias políticas, el movimiento de la Bolsa, y la oscilación en el precio de los cereales, algodones, etc. En el fondo del bar-room, un inmenso mostrador, cubierto de todo lo que un buen gastrónomo puede apetecer para hacer un lunch delicado y suculento. Entráis allí como en una plaza pública, leéis los diarios, los telegramas, escribís vuestra correspondencia, y si os sentís con apetito, elegís lo que se os antoje, que os es servido inmediatamente con toda civilidad. Todo, absolutamente gratuito. ¿Pero dónde está el negocio, diréis? Simplemente en las bebidas. No es obligatorio pedirlas, ni son más caras que en otras partes. Pero es tal la cantidad de gente que se sucede sin cesar, que el pequeño beneficio de cada whisky cocktail o de cada vaso de cerveza, no sólo cubre los gastos de las vituallas que se dan gratis, sino que al fin del día dejan una ganancia considerable. Preguntando a uno de los directores del establecimiento cómo se explicaba que el bajo pueblo no hiciese irrupción y se instalase a almorzar, comer y cenar diariamente y de balde, me contestó que M. Hoffmann conocía mucho el corazón humano, que sabía que en los centros lujosos y brillantes sólo se encuentra cómoda la gente de las clases elevadas, aquella que, si pellizcaba, un sandwich, se cree moralmente obligada a tomarse tres cocktails, sacrificio a que se resigna con bastante facilidad.
Estuve en dos o tres teatros. Son de estilo inglés, generalmente pequeños y bonitos. En uno de ellos vi la famosa opereta Patience, crítica acerba de la última plaga de la literatura inglesa, el estetismo; esto es, la lánguida aspiración al ideal, traducida en maneras vaporosas, en posturas de virgen rosácea, en grupos de un helenismo rococó. La música es trivial y agradable, pero como comedia, la pieza se arrastra de una manera matadora. El jefe de la escuela estética viajaba entonces en los Estados Unidos, contratado por un empresario como un simple tenor y obligado a producir frases estéticas bien limadas, en sitios como Mount-Vernon, el Niágara, el Capitolio, etc. Su presencia en el suelo americano daba sabor de actualidad a la crítica.
En otro teatro la eterna Mascotte, en inglés, arreglada, como hacen los directores en Londres, al gusto británico. Aquí era al gusto yanqui. Los calembours, los coq-à-l'âne, se referían siempre a incidentes locales. Naturalmente, Lorenzo XVII y Rocco se convierten en irlandeses en el último acto y hablan con el rudo acento de los hijos de la verde Erin, según la designación que ha prevalecido, como si la Inglaterra fuera amarilla y la Escocia violeta. Un gigante de seis pies que hacía el papel de Pippo, había tomado la cosa a lo serio, y en el balido del gracioso dúo creía oír el estentóreo aullar de un cuadrúpedo antidiluviano. En farsas americanas, prefiero las dislocaciones y el bango de los minstrels a todas las imitaciones francesas.
Oí también una vez al célebre trágico Edwin Booth, de la familia del asesino de Lincoln; más tarde tuve ocasión de seguir sus interpretaciones de Shakespeare en Berlín, donde trabajaba con una compañía que le daba la réplica en alemán. La analogía de idiomas evitaba aquel defecto deplorable que desgarraba los oídos de mi querido Rossi, cuando en Londres daba el Hamlet en italiano con una compañía inglesa. Encuentro a Booth inferior a Rossi y a Salvini en sus grandes papeles saquesperianos. Su cuerpo se presta admirablemente para el Hamlet, pero el estetismo lo preocupa demasiado, ¡y yo venía de ver «Patience»!
Viajeros latinos, no descendáis jamás en Nueva York en un hotel de los llamados de plan americano, esto es, en los que es obligatorio pagar la comida junto con el departamento. Se está bien, los cuartos son cómodos, limpios; el agua sale, en todos los tonos de la temperatura, de un sinnúmero de bitoques; hay profusión de campanillas eléctricas... pero la mesa es deplorable. Salmón cocido y rosbeef crudo; he ahí el menú. Si queréis un cambio, tomad primero el rosbeef y luego el salmón, si es que no preferís principiar por la eterna compota que cierra la marcha y que hasta ahora no he podido averiguar si pertenece a la familia de las sopas o a la de los postres. En cambio, tenéis el restaurant Delmónico o el Brunswich que no le ceden en nada a Bignon, al London House de Niza o al Bristol de Londres. Delmónico está lleno siempre y sus precios son exorbitantes. Quisieron los propietarios disminuirlos, pero la clientela yanqui declaró que el día que un cotelette valiera menos de un dólar, o una botella de Mumm extra dry menos de diez fuertes, abandonarían la casa. Obligados por la ley a sufrir la presencia de la gente de color en los tranvías y paseos, no tienen más valla que oponer a la invasión democrática que el bolsillo. Y lo emplean largamente. Hay que hacer justicia, y plena, a los yanquis a este respecto. No hay un punto de la tierra más gastador, más generoso, más abierto. El oro rueda a rodos; para ellos, lo más caro de la Europa: sus vinos más exquisitos, sus joyas, sus brillantes, sus artistas más aplaudidos. El lujo es inaudito; en ninguna parte del mundo la impresión de la pobreza se siente con más intensidad. Pero un hombre de gusto, con la mirada habituada a la percepción de las delicadezas europeas, nota al instante cierto tinte especial: el sello del advenedizo, que no ha tenido tiempo de completar esa dificilísima educación del hombre de mundo de nuestro tiempo, capaz de distinguir, al golpe de vista, un bronco japonés de uno chino, un Sévres de un Saxe; una vieja tapicería de una moderna. Hay un inexplicable rococó aun en los centros mejor frecuentados. Un francés del buen mundo, con treinta mil francos de renta, hace maravillas, a las que un yanqui con doscientos mil no alcanzaría.