—Señorita, según lo que he oído al caballero que acaba de bajar, y creo que es su padre de usted, usted tiene el billete de una de las dos camas de esta división. Ahora bien, como yo tengo el de la de abajo, que por muchos motivos es la más cómoda, suplico a usted quiera permitirme que le proponga un cambio. En el momento en que usted desee recogerse, me retiraré, y le prometo—añadí sonriendo—incomodarla lo menos posible.
—Mil gracias, señor. El conductor ha prometido a mi padre darme un low bed, si queda alguno vacante. En caso contrario, acepto agradecida su amable invitación. Tengo el sueño plácido y podrá usted dormir tranquilo.
Declaro que, a pesar de toda mi buena voluntad, no pude encontrar un átomo de malicia en la expresión con que fue dicha la frase. Pero tenía ya bastante para llegar a mi objeto, y proseguí:
—Mi deplorable acento le habrá hecho comprender hace rato que soy extranjero. Con ese título, ¿me permite usted que le haga una pregunta y que hablemos como dos buenos amigos para matar una o dos horas?
—With pleasure, Sir.
—Conozco un poco las costumbres americanas; pero no puedo habituarme a ellas, porque me parecen, en ciertos casos, contrarias a la naturaleza. ¿No se encuentra usted incómoda entre toda esta gente desconocida, que puede ser educada o grosera al azar, en este dormitorio común, en el que cada uno se conduce según sus hábitos más o menos discretos? En una palabra, ¿no tiene usted miedo?
—¿Miedo? ¿Y de qué?
—De viajar sola, expuesta a que algún individuo ordinario le falte al respeto.
—¿Sola? (Y sonreía mirándome con asombro). ¿Qué haría usted si uno de esos caballeros me dijera algo impertinente? ¿No tomaría usted mi defensa?
—Naturalmente.