¡Larrea amaba! Una tarde me confió que había entregado su corazón a una beldad cruel que no quería apercibirse del fuego que le consumía. Me pidió que no me burlara de él, porque era un asunto serio, que le tocaba de cerca lo más íntimo del alma. Alentado por mi cara de confidente de tragedia, de aquellos únicamente admitidos en la escena para dar la réplica corta y hábil que motiva una nueva tirada del héroe, Larrea llegó hasta leerme versos. Por fin, supe que el objeto de su pasión era una niña, hija de una "modesta" familia que habitaba a veinte cuadras de la Chacarita. ¡Ya lo creo! Era una chinita deliciosa de diez y ocho años, de carita fresca y morena, de grandes ojos negros como el pelo, sin más defecto que aquel pescuezo angosto y flaquito que parece ser el rasgo distintivo de nuestra raza indígena. Todos la conocíamos y más de uno hacía frecuentes pasadas a pie y a caballo, por delante de aquel rancho, alentado por locas esperanzas.
Animé a Larrea cuanto pude, le dí mis consejos (porque los porteños éramos "censés" ser tenorios consumados), y, por fin, me anunció un día que había hecho relación con la familia y que habían organizado, de acuerdo, un baile para el sábado próximo, baile al que debíamos concurrir siete u ocho de nosotros, siempre que nos hiciéramos preceder por algunas libras de yerba y azúcar, algunas botellas de cerveza y ginebra, etc. Larrea me abandonaba la elección de los convidados y me pedía los acompañara al sitio de la fiesta, donde él se encontraría desde la primera hora.
Como se comprende, era necesario escaparse.
Comuniqué la nueva a Eyzaguirre, candidato nato a una partida semejante, avisé también al cojo Videla, uno de los muchachos más buenos y traviesos que he conocido; y—como habíamos tenido tiempo de prepararnos—el sábado, a las nueve de la noche, dejando cada uno en la cama respectiva (felizmente no estaban todas en el mismo cuarto) un muñeco con una peluca de crin, nos pusimos silenciosamente en marcha, a través de los potreros, llenos de un loco entusiasmo y forjando conquistas a millares.
[ [8] Dickens
[XXVII]
Larrea estaba ya allí. Ebrio de gozo, radiante dentro de su jacquet rectilíneo, había tomado la dirección de la fiesta y servía de bastonero con toda gravedad. Fuímos introducidos, agasajados, y pronto, al compás de la orquesta, limitada a una guitarra y un acordeón (los esfuerzos para obtener un órgano habían sido vanos), nos hundimos en un océano de valses, polkas y mazurkas, pues las damas se negaban a una segunda edición de la primera cuadrilla, que, a la verdad, había permitido al cojo Videla desplegar calidades coreográficas desconocidas y que después supimos habían sido inspiradas por una representación de "Orfeo" con que se había regalado en una noche de escapada.
Después de cada pieza, obsequiábamos naturalmente a las damas con un vaso de cerveza, acompañándolas con una frecuencia alarmante para el porvenir. Larrea irradiaba de contento; había recitado sus versos, prometido otros y nos dejaba entrever que una cita flotaba en lo posible. Un gaucho viejo (le veo aún!), con una larga barba canosa, el sombrero en una mano y un vaso en la otra, gozaba como un bienaventurado desde la puerta donde se apoyaba. De tiempo en tiempo, cuando nos lanzábamos a un vals o una polka y que, obedeciendo a las necesidades de la armonía, llevábamos oprimidas a las compañeras, oíamos la voz alegre del viejo que repetía varias veces:
—¡Que se vea luz, caballeros!
La fiesta estaba en su apogeo y el italiano del acordeón, despreciando profundamente a su acompañante de la guitarra, hacía maravillas de ejecución, bajo ritmos caprichosos y excéntricos que llegaban vagamente a nuestros oídos, pues hacía rato que bailábamos al compás de una música interior, cuando, después de haber oído el galope de un caballo vimos aparecer a uno de los condiscípulos de la Chacarita en la puerta del rancho, con la fisonomía pálida que debía tener Daniel al entrar de una manera tan intempestiva en la sala del festín de Baltasar.