Porque empezábamos tristemente a conocernos. La mayor parte de nosotros éramos pobres y nuestras madres hacían sacrificios de todo género por darnos educación. Muchas veces nuestras ropas eran cosidas por sus propias manos y por muchos años hemos ostentado sacos como bolsas y el clásico jacquet crecedero, aquel que, despreciando el efímero presente, sólo tiene en vista el porvenir.—Pero ¿qué nos importaba? Eramos filósofos descreídos y un tanto cínicos, nos revolcábamos en el gimnasio, y el eterno botín de doble suela, ancho y largo, nos permitía correr como gamos en el rescate. Usábamos el pelo largo y descuidado, teníamos, en fin, esa figura desgraciada del muchachón de quince años, que empieza a salir de la infancia, sin llegar a la virilidad. Eramos, con todo, felices y despreocupados.

[XXXIII]

Pero los diez y ocho años se acercaban. Los días de salida hacíamos esfuerzos inauditos por arreglarnos lo mejor posible, abandonando muchas veces la empresa con desaliento, vencidos por la exigüidad del guardarropa.—¡Qué amarguras, qué sufrimientos, aquellos domingos a la noche, cuando al volver al Colegio pasábamos frente a los teatros y veíamos en el peristilo una multitud de jóvenes, algunos conocidos nuestros, los externos felices, bien vestidos, con sus guantes flamantes, y saludando con una gracia, para nosotros insuperable, a las bellas damas que venían al espectáculo!

En cuanto a mí, recordaba bien que de los ocho a los doce años no había faltado casi una noche a la Opera; mi padre me llevaba siempre consigo. Era, pues, un dilettante de raza y tradición; Tamberlik me había acariciado y la incomparable Madame Lagrange, aquella artista con un corazón a la Malibran, se había entretenido en hacerme charlar durante los entreactos en su camarín, a donde solía llevarme mi hermano Jacinto.—Y hoy, que era hombre, que podía apreciar todas aquellas bellezas que habían encantado a mi padre y que flotaban en mi memoria como una nube, tenía que volverme triste y solo al Colegio, dando la espalda al mundo de la luz!

Una noche no puede resistir al pasar frente al Colón; ví entrar a un pariente amigo con su familia; comprendí que tenía un palco donde meterme medio escondido y tomando mi entrada penetré bravamente, un poco pálido, por la convicción profunda de que todo el mundo me observaba.

El pariente tenía felizmente un palco bajo y obscuro de la ochava; llamé, me resistí con energía a las sillas de adelante y acurrucándome en el fondo, lancé una mirada investigadora a la platea. Yo sabía que el Vicerrector era un melómano decidido; en efecto, a poco le descubrí en las tertulias. De un lado cierta irritación por su presencia, mientras nos confinaba en el claustro tan cruelmente y de otro el temor que me descubriese, me agitaron un momento. Pero bien pronto todo eso desapareció y la luz, la música, ese curioso y penetrante ambiente de los teatros de buen tono, la proximidad de una criatura idealmente bella, que estaba en el palco, sus ojos dulces como un pedazo de cielo, su voz tímida y armoniosa, aquel color diáfano, transparente, sombreado a cada instante por un tenue velo de púrpura, esa emanación exquisita de la pureza, de la inocencia y de la gracia, que subyuga en todas las edades, todo en un encanto misterioso se apoderó de mí por completo. Quince años han pasado sobre mi cabeza desde aquella noche, quince años bien llenos y agitados; pasarán veinte más y no perderé ese recuerdo suave y melancólico, que trae a mi alma la impresión fresca de las primeras emociones puras de mi juventud.—Sonrío a veces al recordar mi idilio adolescente, los entusiasmos de mi espíritu, ese estado de sensibilidad enfermiza, la necesidad imperiosa que sentía de hacer versos, mi desesperación por no poder medir una cuarteta, las páginas enteras desgarradas con desaliento, las cartas ideales, que jamás debían llegar a su destino, en las que derramaba todos mis sueños y esperanzas! La veía en todas partes, en todas la buscaba. Me parecía inútil obtener su cariño; el mío me bastaba, me elevaba, me daba intensidad al espíritu, fuerza a la voluntad, brillo a la imaginación, nobleza al corazón. Cambié de carácter; fuí dulce, afable, perdí la ironía amarga con compañeros, dejé en paz los ridículos ajenos; me observaba, me corregía, me mejoraba...

De nuevo sonrío a través de los años; pero quisiera volver a esas horas incomparables, a esa explosión de la savia, trepando al árbol al son de los cantos primaverales y desenvolviéndose en hojas, en flores, en perfumes! Quisiera volver a amar como amé entonces y como sólo entonces se ama, puro el corazón, celeste el pensamiento!...

Todo pasó en el rápido correr del tiempo; pero la figura deliciosa, a la que los años han circundado de esa atmósfera vaporosa que da Murillo a sus vírgenes, queda fija allá en el pasado, cerniéndose al principio de la ruta, como una luz ideal!...

[XXXIV]

Hay que caer a la tierra y recordar que, de una u otra manera, tenía que entrar en el Colegio.—Poco antes del último acto salí, corrí a la puerta que da sobre el atrio de San Ignacio, me saqué el paletot, golpeé fuerte y cuando el viejo portero preguntó quién era, imité la voz del Vicerrector y una vez la puerta abierta, abatí la vela que el cerbero traía en la mano con un golpe de mi sobretodo, le eché una zancadilla que dió con él en tierra, y antes que volviera de la sorpresa, ya corría yo por esos claustros como una exhalación.