Al recorrer el nuevo libro del Sr. Abeille, "El idioma nacional de los argentinos", recordé que entre mis viejos papeles debía haber algunas carillas sobre la materia, escritas hace ya varios años. Son las que acaban de leerse y en las que, a la verdad, encuentro tan exactamente reflejada mi opinión actual, que en nada las he modificado.
El Sr. Abeille es un filólogo distinguido, aunque hasta los profanos, como yo, echan de ver, desde luego, que su erudición, si bien fresca y moderna, no se ha formado en las fuentes originales y primitivas. Sabe muy bien lo que hombres como Darmesteter, Bréal, Paris, Havet, Schleiger, Weil y otros han escrito sobre la historia anatómica del lenguaje; pero no he notado en su libro rasgos que revelen un conocimiento directo de Bopp, Diez, Dozy, Engelmann, Pott, etc. No es esta una crítica que, por cierto, poca autoridad tendría viniendo de quien, mucho menos que el Sr. Abeille, ha llevado sus curioseos lingüísticos a esas profundidades. Pero creo poder atribuir los extremos a que llega el Sr. Abeille en el desenvolvimiento de su tesis, a las audacias atrayentes y licencias extraordinarias que con la filología se han permitido los modernos escritores franceses. Y para terminar con este punto, señalo también el desconocimiento de un libro verdaderamente admirable y que, para el completo esclarecimiento del tema abordado por el señor Abeille, era fundamental; me refiero a las "Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano" de Rufino José Cuervo, libro que, en ocho años (1876-1884) tuvo cuatro ediciones y que mereció al autor, de parte de los más eminentes filólogos de Europa, homenajes de real admiración. Si el Sr. Abeille ha leído ya ese libro, necesita releerlo, porque él le dará la nota exacta y prudente en la manera de tratar esta cuestión.
Indudablemente, si las lenguas, sin abandonar el terruño, se transforman hasta el punto de que tal vez Corbulón no habría entendido las voces de mando de Escipión o Paulo Emilio, ¿cuánto mayor no será ese cambio si ellas reviven en países lejanos al de su origen, bajo diverso ambiente, sirviendo de vehículo a nuevas ideas, expuestas a todos los ataques de los idiomas encontrados en el suelo conquistado, amén de los que de afuera vienen, también ellos, en son de conquista? Pretender, pues, fijar un idioma es tan absurdo, que cuando se consigue, no ya el hecho en sí mismo, lo que es imposible, sino la admisión de la idea como un postulado colectivo, se llega a una verdadera deformación por el estancamiento del espíritu nacional. Es el caso de la China: la lengua que hoy se habla en el imperio del Medio se parece tanto a la que allí se hablaba cuando Fidias esculpía en Atenas, como la de Pericles a la que hoy habla el rey Jorge de Grecia. La diferencia está en que mientras el idioma de Pericles, nacido como todas las lenguas humanas del monosilabismo, había llegado a su perfección, el chino, inmóvil en su forma, si bien variable en su fonética, era tan monosilábico, tan primitivo, tan "celular", como dice muy bien el Sr. Abeille, entonces como hoy.
¿Puede nadie pretender que el castellano se petrifique de esa suerte? ¿Puede el purista más empecinado e inflexible pretender luchar contra las mil influencias que han de determinar las modificaciones regionales que la lengua española sufrirá en América, como las ha sufrido ya en las mismas provincias peninsulares? ¿Es acaso sensato oponerse a los neologismos necesitados por los progresos de las ciencias y las artes o la adopción de nuevos usos, y si hoy, como dice Cuervo, "no hacemos melindres a voces astrológicas como sino, estrella, desastre, desastrado, jovial, saturnino, ¿por qué hemos de negar a nuestros contemporáneos el empleo oportuno de términos o imágenes suministrados por las ciencias modernas, cuando más si se considera su mayor vulgarización con respecto a los siglos pasados?"
Lo que sí se puede y se debe sostener, es que todos los aportes, los enriquecimientos, las adquisiciones por conquista, cambio, compra, violencia y todo otro modo de adueñarse de lo ajeno, se sometan a las reglas generales por las cuales se rige la comunidad. Si el quichua nos trae charqui y en el acto formamos el verbo charquear, conjuguémoslo según lo enseña la gramática castellana y no otra. Si en virtud de esos fenómenos de derivación que tan bien estudia el Sr. Abeille, de cardo sacamos el lindo y expresivo cardal, de bellaco, bellaquear, o de baquía, baqueano, añadamos sencillamente esas palabras a nuestro léxico propio, como todos los otros países americanos añadirán a los suyos las que formen por el mismo procedimiento—y hagámoslo con la seguridad de que al hacerlo en nada adulteramos los principios fundamentales de nuestra lengua que no es "el idioma de los argentinos", ni el "idioma nacional", sino simplemente y puramente el castellano.
El Sr. Abeille, que es un entusiasta de nuestra tierra (uno no puede menos que conmoverse al verle entonar el himno nacional a propósito de lingüística) tiene tal debilidad complaciente con la que hablamos y que él rotula "idioma nacional de los argentinos", que llega hasta justificar los cambios sintácticos que hemos introducido en el español, sosteniendo que "el uso de algunos de ellos es realmente criticable en una lengua fijada", pero que ese uso "debe favorecerse en una lengua en evolución como la nuestra".
Me parece ver ijadear al Sr. Abeille en su esfuerzo para defender nuestro "bajo el punto de vista", contra "del punto de vista" español. Trae un ejemplo y una explicación al respecto que entretienen bastante. Nunca le hemos de aceptar al Sr. Abeille que se diga, cuando se empleen palabras españolas, "me ha encargado de decirle" en vez de "me ha encargado decirle", porque, aunque un niño esté en formación, no hay por que habituarle a andar con las rodillas y no con los pies, que es lo natural, lo sano y lo útil, sin contar con que es esa la única manera (como en el idioma) que permite al cuerpo desplegar su esbeltez y su elegancia.
Entre las excursiones etimológicas que hace el Sr. Abeille—que son frecuentes, agradables y generalmente fructuosas—hay algunas que me han dejado pensativo, precisamente porque se refieren a voces que han echado raíces en nuestro suelo, sin que se sepa de dónde vino la semilla primitiva. Una de ellas es atorrante. Esta palabra, puedo asegurarle al Sr. Abeille, es de introducción relativamente reciente en el "idioma nacional de los argentinos". Después de haber vivido más de un cuarto de siglo la oí por primera vez en mi tierra, allá por el año 1884, de regreso de Europa, donde había pasado algunos años. Y no es que hubiera vivido en mi país entre académicos y prosistas, pues hasta cronista de policía substituto había sido en la vieja Tribuna.
Pregunté qué significaba atorrante y de dónde venía. Se me hizo la descripción del gueux, del vagabundo, del chemineux, y se me dijo entonces (no hay lomo como el de la etimología para soportar carga) que el vocablo tomaba origen en el hecho de que los individuos del noble gremio así denominado dormían en los caños enormes que obstruían entonces nuestras calles, llamados de tormenta. De ahí atorrante. Aunque sin forma clásica, esa etimología me trajo a la memoria la que da el maestro Alejo de Venegas, citado por Cuervo, de la voz alquilar.
"Alquilar se compone de alius qui illam habet, que es otro que la habita, conviene a saber, la casa ajena". (!)