Luego tomó algunos papeles y continuó:
—He aquí lo que hemos podido reunir hasta este momento: 160 rémington, cuarenta carabinas, éstas como los primeros con su correaje correspondiente, ochenta sables y otras tantas lanzas. Se han adquirido 20.000 cartuchos. Todo está depositado en un corralón de mi propiedad. La suscrición, contando con lo gastado en las municiones, ha producido, por nuestra parte 7.500 pesos fuertes.
Agregue usted 5.000 más que he recibido de una suscrición privada, hecha en Montevideo, dijo uno de los venerables, como les había llamado Castellar.
Hubo un murmullo de satisfacción, Lorenzo iba a continuar, cuando alguien golpeó la puerta del comedor. Lorenzo abrió y un criado le entregó una tarjeta. Apenas echó los ojos sobre ella, sintió una emoción violenta, se puso pálido y dió un paso hacia la puerta. Dos o tres personas corrieron hacia él inquietas. Lorenzo se detuvo y, haciendo un esfuerzo, se serenó rápidamente.
—Pido a Vds. disculpa, señores. Pero un amigo, el mejor de mis amigos, el hombre que más estimo y quiero sobre la tierra y a quien no veía hace cinco años, que para él han sido muy amargos, acaba de llegar y me envía esta tarjeta de al lado de la cuna de uno de mis hijos: "Llego en este momento y sé que tienes una reunión referente al noble propósito sobre el que me escribes. Te ruego pidas en mi nombre a esos caballeros me concedan el honor de combatir en sus filas por la dignidad del país en cuyo suelo nací". ¿Quieren Vds. permitirme, señores, presentar a Carlos Narbal?
Todos asintieron calurosamente y antes que Lorenzo hablara, Jaramillo, que estaba fuera de sí, se precipitó hacia la puerta. El riojano había conservado un culto por Carlos; el alejamiento silencioso de éste, sus propias preocupaciones políticas, le habían impedido mantener correspondencia con Narbal, como lo hubiera deseado. Pero jamás le olvidó y quedó en su recuerdo como la personificación del hombre elegante, generoso, aristocrático de gustos, robusto de ascendiente moral, que era su tipo ideal, realzado aún por la circunstancia de haber sido su introductor en el mundo porteño. Cuando guiado por el sirviente, se halló de pronto frente a Carlos que hablaba con Herminia teniendo en sus rodillas un delicioso muchacho de tres años que acababa de despertarse y que le había tendido los brazos como a un viejo amigo, Jaramillo tuvo que hacer un esfuerzo para ocultar la emoción que el cambio de Carlos le producía. Se echó en sus brazos con un ímpetu de cariño tan sincero, que Narbal lo estrechó con verdadera afección. Un instante después entró Lorenzo. Largo tiempo, en silencio, sus corazones latieron unidos; cuando Lorenzo apartó a Carlos para mirarle, teniéndole de las manos, sus ojos estaban húmedos. Herminia lloraba sencillamente y el niño, con los ojos muy abiertos, miraba la escena con asombro. Un nuevo afecto que echa su noble raíz en el corazón o un viejo cariño que se despierta con energía, aumentan la intensidad de todas nuestras afecciones, como, en el suelo tropical, la soberbia robustez de un árbol, aumenta la lozanía de las plantas que lo rodean, protegiéndolas con su sombra y dando a la tierra un impulso de vida. Lorenzo oprimió las manos de Herminia, besó a su hijo, dió un vigoroso shakehands a Vespasiano, que lloraba como un becerro y tomando a Carlos del brazo, le dijo:
—Vamos; nos esperan.
Narbal comprendió y siguió a su amigo en silencio.
Un momento antes de abrir la puerta del comedor, Lorenzo, casi inconscientemente se detuvo.
—¿Es cosa resuelta? dijo.