Y don Quijote le respondió:
— A una aldea que está aquí cerca, de donde soy natural. Y vuestra merced, ¿dónde camina?
— Yo, señor —respondió el caballero—, voy a Granada, que es mi patria.
— ¡Y buena patria! —replicó don Quijote—. Pero, dígame vuestra merced, por cortesía, su nombre, porque me parece que me ha de importar saberlo más de lo que buenamente podré decir.
— Mi nombre es don Álvaro Tarfe —respondió el huésped.
A lo que replicó don Quijote:
— Sin duda alguna pienso que vuestra merced debe de ser aquel don Álvaro Tarfe que anda impreso en la Segunda parte de la historia de don Quijote de la Mancha, recién impresa y dada a la luz del mundo por un autor moderno.
— El mismo soy —respondió el caballero—, y el tal don Quijote, sujeto principal de la tal historia, fue grandísimo amigo mío, y yo fui el que le sacó de su tierra, o, a lo menos, le moví a que viniese a unas justas que se hacían en Zaragoza, adonde yo iba; y, en verdad en verdad que le hice muchas amistades, y que le quité de que no le palmease las espaldas el verdugo, por ser demasiadamente atrevido.
— Y, dígame vuestra merced, señor don Álvaro, ¿parezco yo en algo a ese tal don Quijote que vuestra merced dice?
— No, por cierto —respondió el huésped—: en ninguna manera.