El cual era un mozo de hasta edad de veinte y cuatro años, y dijo que era natural de Piedrahíta. Lo mesmo preguntó don Quijote al segundo, el cual no respondió palabra, según iba de triste y malencónico; mas respondió por él el primero, y dijo:

— Éste, señor, va por canario; digo, por músico y cantor.

— Pues, ¿cómo —repitió don Quijote—, por músicos y cantores van también a galeras?

— Sí, señor —respondió el galeote—, que no hay peor cosa que cantar en el ansia.

— Antes, he yo oído decir —dijo don Quijote— que quien canta sus males espanta.

— Acá es al revés —dijo el galeote—, que quien canta una vez llora toda la vida.

— No lo entiendo —dijo don Quijote.

Mas una de las guardas le dijo:

— Señor caballero, cantar en el ansia se dice, entre esta gente non santa, confesar en el tormento. A este pecador le dieron tormento y confesó su delito, que era ser cuatrero, que es ser ladrón de bestias, y, por haber confesado, le condenaron por seis años a galeras, amén de docientos azotes que ya lleva en las espaldas. Y va siempre pensativo y triste, porque los demás ladrones que allá quedan y aquí van le maltratan y aniquilan, y escarnecen y tienen en poco, porque confesó y no tuvo ánimo de decir nones. Porque dicen ellos que tantas letras tiene un no como un sí, y que harta ventura tiene un delincuente, que está en su lengua su vida o su muerte, y no en la de los testigos y probanzas; y para mí tengo que no van muy fuera de camino.

— Y yo lo entiendo así —respondió don Quijote.