—Y ¿cómo que ha cometido sacrilegio? dijo á esto adolorido el estudiante; que puesto caso que yo no soy sacerdote sino sacristan de unas monjas, el dinero de la bolsa era del tercio de una capellanía que me dió á cobrar un sacerdote amigo mio, y es dinero sagrado y bendito.

—Con su pan se lo coma, dijo Rincon á este punto, no le arriendo la ganancia, dia de juicio hay donde todo saldrá, como dicen, en la colada, y entónces se verá quién fué Callejas, y el atrevido que se atrevió á tomar, hurtar y menoscabar el tercio de la capellanía: y ¿cuánto renta cada año, dígame, señor sacristan, por su vida?

—Renta la puta que me parió; y ¡estoy yo agora para decir lo que renta! respondió el sacristan con algun tanto de demasiada cólera: decidme, hermano, si sabeis algo, si no quedad con Dios, que yo la quiero hacer pregonar.

—No me parece mal remedio ese, dijo Cortado, pero advierta vuesa merced no se le olviden las señas de la bolsa, ni la cantidad puntualmente del dinero que va en ella, que si yerra en un ardite, no parecerá en dias del mundo, y esto le doy por hado.

—No hay que temer deso, respondió el sacristan, que lo tengo mas en la memoria que el tocar de las campanas: no me erraré en un átomo.

Sacó en esto de la faldriquera un pañuelo randado para limpiarse el sudor que llovia de su rostro como de alquitara; y apénas le hubo visto Cortado, cuando le marcó por suyo: y habiéndose ido el sacristan, Cortado le siguió y le alcanzó en las gradas, donde le llamó y le retiró á una parte, y allí le comenzó á decir tantos disparates al modo de lo que llaman bernardinas, cerca del hurto y hallazgo de su bolsa, dándole buenas esperanzas, sin concluir jamas razon que comenzase, que el pobre sacristan estaba embelesado escuchándole; y como no acababa de entender lo que le decia, hacia que le repitiese la razon dos y tres veces.

Estábale mirando Cortado á la cara atentamente, y no quitaba los ojos de sus ojos: el sacristan le miraba de la misma manera, estando colgado de sus palabras: este tan grande embelesamiento dió lugar á Cortado que concluyese su obra, y sutilmente le sacó el pañuelo de la faldriquera, y despidiéndose dél, le dijo que á la tarde procurase de verle en aquel mismo lugar, porque él traia entre ojos que un muchacho de su mismo oficio y de su mismo tamaño, que era algo ladroncillo, le habia tomado la bolsa, y que él se obligaba á saberlo dentro de pocos ó de muchos dias.

Con esto se consoló algo el sacristan, y se despidió de Cortado, el cual se vino donde estaba Rincon, que todo lo habia visto un poco apartado dél, y mas abajo estaba otro mozo de la esportilla que vió todo lo que habia pasado, y cómo Cortado daba el pañuelo á Rincon; y llegándose á ellos les dijo:

—Díganme, señores galanes, ¿voacedes son de mala entrada, ó no?

—No entendemos esa razon, señor galan, respondió Rincon.