El caballero le abrazó asimismo, diciéndole:
—Sin duda, señor primo, habrá sido buena mi venida, pues os veo, y con la salud que siempre os deseo: abrazad, primo, á este caballero, que es el señor D. Diego de Carriazo, gran señor, y amigo mio.
—Ya conozco al señor D. Diego, respondió el corregidor, y le soy muy servidor.
Y abrazándose los dos, despues de haberse recebido con grande amor y grandes cortesías, se entraron en una sala, donde se quedaron solos con el huésped, el cual ya tenia consigo la cadena, y dijo:
—Ya el señor corregidor sabe á lo que vuesa merced viene, señor D. Diego de Carriazo: vuesa merced saque los trozos que faltan á esta cadena, y el señor corregidor sacará el pergamino que está en su poder, y hagamos la prueba que ha tantos años que espero á que se haga.
—Desa manera, respondió D. Diego, no habrá necesidad de dar cuenta de nuevo al señor corregidor de nuestra venida, pues bien se verá que ha sido á lo que vos, señor huésped, habréis dicho.
—Algo me ha dicho, pero mucho me quedó por saber: el pergamino héle aquí.
Sacó D. Diego el otro, y juntando las dos partes, se hicieron una, y á las letras del que tenia el huésped, que como se ha dicho eran E. T. E. L. S. N. V. D. D. R. respondian en el otro pergamino estas: S. A. S. A. E. A. L. E. R. A. E. A., que todas juntas decian: Esta es la señal verdadera. Cotejáronse luego los trozos de la cadena, y hallaron ser las señas verdaderas.
—Esto está hecho, dijo el corregidor: resta ahora saber, si es posible, quiénes son los padres desta hermosísima prenda.
—El padre, respondió D. Diego, yo lo soy, la madre ya no vive; basta saber que fué tan principal, que pudiera yo ser su criado; y porque como se encubre su nombre, no se encubra su fama, ni se culpe lo que en ella parece manifiesto error y culpa conocida, se ha de saber que la madre desta prenda, siendo viuda de un gran caballero, se retiró á una aldea suya, y allí con recato y con honestidad grandísima pasaba con sus criados y vasallos una vida sosegada y quieta: ordenó la suerte que un dia, yendo yo á caza por el término de su lugar, quise visitarla, y era la hora de siesta: cuando llegué á su alcázar, que así se puede llamar su gran casa, dejé el caballo á un criado mio; subí sin topar á nadie hasta el mismo aposento donde ella estaba durmiendo la siesta sobre un estrado negro: era por estremo hermosa, y el silencio, la soledad, la ocasion, despertaron en mí un deseo mas atrevido que honesto, y sin ponerme á hacer discretos discursos, cerré tras mí la puerta, y llegándome á ella, la desperté, y teniéndola asida fuertemente, le dije: vuesa merced, señora mia, no grite, que las voces que diere serán pregoneras de su deshonra: nadie me ha visto entrar en este aposento, que mi suerte, porque la tengo bonísima en gozaros, ha llovido sueño en todos vuestros criados, y cuando ellos acudan á vuestras voces, no podrán mas que quitarme la vida: y esto ha de ser en vuestros mismos brazos, y no por mi muerte dejará de quedar en opinion vuestra fama. Finalmente yo la gocé contra su voluntad y á pura fuerza mia: ella cansada, rendida y turbada, ó no pudo ó no quiso hablarme palabra, y yo dejándola como atontada y suspensa, me volví á salir por los mismos pasos donde habia entrado, y me vine á la aldea de otro amigo mio, que estaba dos leguas de la suya. Esta señora se mudó de aquel lugar á otro, y sin que yo jamas la viese, ni lo procurase, se pasaron dos años, al cabo de los cuales supe que era muerta; y podrá haber veinte dias, que con grandes encarecimientos, escribiéndome que era cosa que me importaba en ella el contento y la honra, me envió á llamar un mayordomo desta señora; fuí á ver lo que me queria, bien léjos de pensar en lo que me dijo: halléle á punto de muerte, y por abreviar razones, en muy breves me dijo cómo al tiempo que murió su señora le dijo todo lo que conmigo le habia sucedido, y cómo habia quedado preñada de aquella fuerza, y que por encubrir el bulto habia venido en romería á Nuestra Señora de Guadalupe, y cómo habia parido en esta casa una niña que se habia de llamar Costanza: dióme las señas con que la hallaria, que fueron las que habeis visto de la cadena y pergamino; y dióme ansimismo treinta mil escudos de oro, que su señora dejó para casar á su hija: díjome ansimismo que el no habérmelos dado luego como su señora habia muerto, ni declarádome lo que ella encomendó á su confianza y secreto, habia sido por pura codicia y por poderse aprovechar de aquel dinero; pero que ya que estaba á punto de ir á dar cuenta á Dios, por descargo de su conciencia me daba el dinero, y me avisaba adónde y cómo habia de hallar mi hija. Recebí el dinero y las señales, y dando cuenta desto al señor D. Juan de Avendaño, nos pusimos en camino desta ciudad.