Berganza. Ya hemos dicho que no hemos de murmurar.
Cipion. Sí, que yo no murmuro de nadie.
Berganza. Ahora acabo de confirmar por verdad lo que muchas veces he oido decir. Acaba un maldiciente murmurador de echar á perder diez linajes, y de calumniar veinte buenos, y si alguno le reprende por lo que ha dicho, responde que él no ha dicho nada, y que si ha dicho algo, no lo ha dicho por tanto, y que si pensara que alguno se habia de agraviar, no lo dijera: á la fe, Cipion, mucho ha de saber y muy sobre los estribos ha de andar el que quisiere sustentar dos horas de conversacion sin tocar los límites de la murmuracion; porque yo veo en mí, que con ser un animal como soy, á cuatro razones que digo, me acuden palabras á la lengua como mosquitos al vino, y todas maliciosas y murmurantes: por lo cual vuelvo á decir lo que otra vez he dicho, que el hacer y decir mal lo heredamos de nuestros primeros padres, y lo mamamos en la leche: vese claro en que apénas ha sacado el niño el brazo de las fajas, cuando levanta la mano con muestras de querer vengarse de quien á su parecer le ofende: y casi la primera palabra articulada que habla, es llamar puta á su ama ó á su madre.
Cipion. Así es verdad, y yo confieso mi yerro, y quiero que me le perdones, pues te he perdonado tantos: echemos pelillos á la mar (como dicen los muchachos), y no murmuremos de aquí adelante, y sigue tu cuento, que le dejaste en la autoridad con que los hijos del mercader tu amo iban al estudio de la Compañía de Jesus.
Berganza. Á él me encomiendo en todo acontecimiento; y aunque el dejar de murmurar lo tengo por dificultoso, pienso usar de un remedio, que oí decir que usaba un gran jurador, el cual arrepentido de su mala costumbre, cada vez que despues de su arrepentimiento juraba, se daba un pellizco en el brazo ó besaba la tierra en pena de su culpa; pero con todo esto juraba: así yo cada vez que fuere contra el precepto que me has dado de que no murmure, y contra la intencion que tengo de no murmurar, me morderé el pico de la lengua, de modo que me duela, y me acuerde de mi culpa para no volver á ella.
Cipion. Tal es ese remedio, que si usas dél, espero que te has de morder tantas veces, que has de quedar sin lengua, y así quedarás imposibilitado de murmurar.
Berganza. Á lo ménos yo haré de mi parte mis diligencias, y supla las faltas el cielo. Y así digo que los hijos de mi amo se dejaron un dia un cartapacio en el patio, donde yo á la sazon estaba; y como estaba enseñado á llevar la esportilla del jifero mi amo, así del vade mecum y fuíme tras ellos con intencion de no soltalle hasta el estudio: sucedióme todo como lo deseaba, que mis amos que me vieron venir con el vade mecum en la boca, asido sotilmente de las cintas, mandaron á un paje me le quitase; mas yo no lo consentí, ni le solté hasta que entré en el aula, cosa que causó risa á todos los estudiantes: lleguéme al mayor de mis amos, y á mi parecer con mucha crianza se le puse en las manos, y quedéme sentado en cuclillas á la puerta del aula, mirando de hito en hito al maestro que en la cátedra leia. No sé qué tiene la virtud, que con alcanzárseme á mí tan poco ó nada della, luego recebí gusto de ver el amor, el término, la solicitud y la industria con que aquellos benditos padres y maestros enseñaban á aquellos niños, enderezando las tiernas varas de su juventud, porque no torciesen ni tomasen mal siniestro en el camino de la virtud, que juntamente con las letras les mostraban: consideraba cómo los reñian con suavidad, los castigaban con misericordia, los animaban con ejemplos, los incitaban con premios, y los sobrellevaban con cordura; y finalmente, cómo les pintaban la fealdad y horror de los vicios, y les dibujaban la hermosura de las virtudes, para que aborrecidos ellos y amadas ellas consiguiesen el fin para que fueron criados.
Cipion. Muy bien dices, Berganza, porque yo he oido decir desa bendita gente, que para repúblicos del mundo no los hay tan prudentes en todo él, y para guiadores y adalides del camino del cielo, pocos les llegan: son espejos donde se mira la honestidad, la católica doctrina, la singular prudencia, y finalmente la humildad profunda, basa sobre quien se levanta todo el edificio de la bienaventuranza.
Berganza. Todo es así como lo dices. Y siguiendo mi historia, digo que mis amos gustaron de que les llevase siempre el vade mecum, lo que hice de muy buena voluntad, con lo cual tenia una vida de rey, y aun mejor, porque era descansada, á causa que los estudiantes dieron en burlarse conmigo, y domestiquéme con ellos de tal manera, que me metian la mano en la boca, y los mas chiquillos subian sobre mí: arrojaban los bonetes ó sombreros, y yo se los volvia á la mano limpiamente y con muestras de grande regocijo: dieron en darme de comer cuanto ellos podian, y gustaban de ver que cuando me daban nueces ó avellanas, las partia como mona, dejando las cáscaras y comiendo lo tierno: tal hubo, que por hacer prueba de mi habilidad, me trujo en un pañuelo gran cantidad de ensalada, la cual comí como si fuera persona. Era tiempo de invierno, cuando campean en Sevilla los molletes y mantequillas, de quien era tan bien servido, que mas de dos Antonios se empeñaron ó vendieron para que yo almorzase. Finalmente, yo pasaba una vida de estudiante sin hambre y sin sarna, que es lo mas que se puede encarecer para decir que era buena; porque si la sarna y la hambre no fuesen tan unas con los estudiantes, en las vidas no habria otra de mas gusto y pasatiempo, porque corren parejas en ella la virtud y el gusto, y se pasa la mocedad aprendiendo y holgándose: desta gloria y desta quietud me vino á quitar una señora, que á mi parecer llaman por ahí razon de estado, que cuando con ella se cumple se ha de descumplir con otras razones muchas. Es el caso, que aquellos señores maestros les pareció que la media hora que hay de licion, á licion, la ocupaban los estudiantes no en repasar las liciones, sino en holgarse conmigo; y así ordenaron á mis amos que no me llevasen mas al estudio: obedecieron, volviéronme á casa, y á la antigua guarda de la puerta, y sin acordarse el señor viejo de la merced que me habia hecho, de que de dia y de noche anduviese suelto, volví á entregar el cuello á la cadena y el cuerpo á una esterilla, que detras de la puerta me pusieron. ¡Ay, amigo Cipion, si supieses cuán dura cosa es de sufrir el pasar de un estado felice á un desdichado! Mira: cuando las miserias y desdichas tienen larga la corriente y son continuas, ó se acaban presto con la muerte, ó la continuacion dellas hace un hábito y costumbre en padecellas, que suele en su mayor rigor servir de alivio; mas cuando de la suerte desdichada y calamitosa, sin pensarlo y de improviso se sale á gozar de otra suerte próspera, venturosa y alegre, y de allí á poco se vuelve á padecer la suerte primera, y á los primeros trabajos y desdichas, es un dolor tan riguroso, que si no acaba la vida, es por atormentarla mas viviendo. Digo en fin, que volví á mi racion perruna, y á los huesos que una negra de casa me arrojaba, y aun estos me diezmaban dos gatos romanos, que como sueltos y lijeros, érales fácil quitarme lo que no caia debajo del distrito que alcanzaba mi cadena. Cipion hermano, así el cielo te conceda el bien que deseas, que sin que te enfades me dejes ahora filosofar un poco, porque si dejase de decir las cosas que en este instante me han venido á la memoria de aquellas que entónces me ocurrieron, me parece que no seria mi historia cabal ni de fruto alguno.
Cipion. Advierte, Berganza, no sea tentacion del demonio esa gana de filosofar que dices te ha venido; porque no tiene la murmuracion mejor velo para paliar y encubrir su maldad disoluta, que darse á entender el murmurador, que todo cuanto dice son sentencias de filósofos, y que el decir mal es reprension, y el descubrir los defectos ajenos buen celo, y no hay vida de ningun murmurante, que si la consideras y escudriñas, no la halles llena de vicios y de insolencias; y debajo de saber esto, filosofa ahora cuanto quisieres.