—Descomedida andais con vuestra ama, señora criada.

—¡Y cómo si anda descomedida esta bellaca, señor corregidor, dijo Claudia, pues se ha atrevido á poner las manos do jamas han llegado otras algunas desde que Dios me arrojó á este mundo!

—Bien decís que os arrojó, dijo el corregidor, porque vos no sois buena sino para arrojada. Cubríos, honrada, y cúbranse todas, y vénganse á la cárcel.

—¡Á la cárcel, señor! ¿Por qué? dijo Claudia. ¿Á las personas de mi calidad y estofa úsase en esta tierra tratallas desta manera?

—No deis mas voces, señora, que habeis de venir sin duda, mal que os pese, y con vos esta señora colegial trilingüe en el desfrute de su heredad.

—Que me maten, dijo la Grijalva, si el señor corregidor no lo ha oido todo; que aquello de las tres pringües, por lo de Esperanza lo ha dicho.

Llegóse en esto D. Félix y habló aparte al corregidor, suplicándole no la llevase, que él las tomaba en fiado, mas no pudieron aprovechar con él los ruegos, ni ménos las promesas.

Empero quiso la suerte que entre la gente que acompañaba al corregidor venian los dos estudiantes manchegos, y se hallaron presentes á toda esta historia; y viendo lo que pasaba, y que en todas maneras habian de ir á la cárcel Esperanza, Claudia y la Grijalva, en un instante se concertaron entre sí en lo que habian de hacer; y sin ser sentidos se salieron de la casa, y se pusieron en cierta calle tras canton por donde habian de pasar las presas, con seis amigos de su traza y que luego les deparó su buena ventura, á quienes rogaron les ayudasen en un hecho de importancia contra la justicia del lugar, para cuyo efecto los hallaron mas prontos y listos que si fuera para ir á algun solemne banquete.

De allí á poco asomó la justicia con las prisioneras, y ántes que llegasen, pusieron mano los estudiantes con tal brio y denuedo, que á poco rato no les esperó porqueron en la calle, si bien no pudieron librar mas que á la Esperanza: porque así como los corchetes vieron trabada la pelea, los que llevaban á Claudia y á la Grijalva se fueron con ellas por otra calle, y las pusieron en la cárcel. El corregidor, corrido y afrentado, se fué á su casa, D. Félix á la suya, y los estudiantes á su posada. Y queriendo el que habia quitado á Esperanza á la justicia gozarla aquella noche, el otro no lo quiso consentir, ántes le amenazó de muerte si tal hiciese.

¡Oh milagros del amor! ¡Oh fuerzas poderosas del deseo! Digo esto, porque viendo el estudiante de la presa que el otro su compañero con tanto ahinco y veras le prohibia el gozalla, sin hacer otro discurso, y sin mirar cuál le estaba lo que queria hacer, dijo: