Y como ella llevaba puesta la mira en buscar la casa del padre de Andres, sin querer detenerse á bailar en ninguna parte, en poco espacio se puso en la calle do estaba, que ella muy bien sabia: y habiendo andado hasta la mitad, alzó los ojos á unos balcones de hierro dorados, que le habian dado por señas, y vió en ella á un caballero de hasta edad de cincuenta años, con un hábito de cruz colorada en los pechos, de venerable gravedad y presencia; el cual apénas tambien hubo visto la Jitanilla, cuando dijo:

—Subid, niñas, que aquí os darán limosna.

Á esta voz acudieron al balcon otros tres caballeros, y entre ellos vino el enamorado Andres, que cuando vió á Preciosa perdió la color, y estuvo á punto de perder los sentidos: tanto fué el sobresalto que recibió con su vista. Subieron las jitanillas todas, sino la grande que se quedó abajo para informarse de los criados de las verdades de Andres.

Al entrar las jitanillas en la sala, estaba diciendo el caballero anciano á los demas:

—Esta debe de ser sin duda la Jitanilla hermosa, que dicen que anda por Madrid.

—Ella es, replicó Andres, y sin duda es la mas hermosa criatura que se ha visto.

—Así lo dicen, dijo Preciosa (que lo oyó todo en entrando); pero en verdad que se deben de engañar en la mitad del justo precio: bonita, bien creo que lo soy, pero tan hermosa como dicen, ni por pienso.

—Por vida de D. Juanico mi hijo, dijo el anciano, que aun sois mas hermosa de lo que dicen, linda jitana.

—Y ¿quién es D. Juanico su hijo? preguntó Preciosa.

—Ese galan que está á vuestro lado, respondió el caballero.