Subió, en esto, la gitana vieja, y dijo:
--Nieta, acaba; que es tarde, y hay mucho que hacer y más que decir.
--Por vida de Preciosita--dijo el padre de Andrés--que bailéis un poco con vuestras compañeras; aquí tengo un doblón de oro de a dos caras, que ninguna es como la vuestra, aunque son de dos reyes.
Apenas hubo oído esto la vieja cuando dijo:
--Ea, niñas, haldas en cinta y dad contento a estos señores.
Tomó las sonajas Preciosa, y dieron sus vueltas, hicieron y deshicieron todos sus lazos, con tanto donaire y desenvoltura, que tras los pies se llevaban los ojos de cuantos las miraban, especialmente los de Andrés, que así se iban entre los pies de Preciosa como si allí tuvieran el centro de su gloria.
Despidiéronse las gitanas, y al irse dijo Preciosa a don Juan:
--Mire, señor: cualquiera día desta semana es próspero para partidas, y ninguno es aciago; apresure el irse lo más presto que pudiere; que le aguarda una vida ancha, libre y muy gustosa, si quiere acomodarse a ella.
--No es tan libre la del soldado, a mi parecer --respondió don Juan--, que no tenga más de sujeción que de libertad; pero, con todo esto, haré como viere.
--Más veréis de lo que pensáis--respondió Preciosa---, y Dios os lleve y traiga con bien, como vuestra buena presencia merece.