--Antes--respondió Preciosa--se hacen las cruces mejores del mundo con dedales de plata, como sean muchos.

--Uno tengo yo--replicó la doncella---; si éste basta, hele aquí, con condición que también se me ha de decir a mí la buenaventura.

--¿Por un dedal tantas buenasventuras?--dijo la gitana vieja---. Nieta, acaba presto; que se hace noche.

Tomó Preciosa el dedal y la mano de la señora Teniente y dijo la buenaventura; y en acabándola encendió el deseo de todas las circunstantes en querer saber la suya, y así se lo rogaron todas; pero ella las remitió para el viernes venidero, prometiéndole que tendrían reales de plata para hacer las cruces. En esto, vino el señor Tiniente, a quien contaron maravillas de la Gitanilla; él las hizo bailar un poco, y confirmó por verdaderas y bien dadas las alabanzas que a Preciosa habían dado; y poniendo la mano en la faldriquera. hizo señal de querer darle algo; y habiéndola espulgado, y sacudido, y rascado muchas veces, al cabo sacó la mano vacía, y dijo:

--¡Por Dios que no tengo blanca! Dadle vos, doña Clara, un real a Preciosica; que yo os le daré después.

--¡Bueno es eso, señor, por cierto! ¡Sí, ahí está el real de manifiesto! No hemos tenido entre todas nosotras un cuarto para hacer la señal de la cruz, ¿y quiere que tengamos un real?

--Pues dadle alguna valoncica vuestra, o alguna cosita; que otro día nos volverá a ver Preciosa, y la regalaremos mejor.

A lo cual dijo doña Clara:

--Pues porque otra vez venga, no quiero dar nada ahora a Preciosa.