VI
Al poco de haber vuelto los novios de su viaje de luna de miel, cayó Abel enfermo de alguna gravedad y llamaron a Joaquín a que le viese y le asistiese.
—Estoy muy intranquila, Joaquín—le dijo Helena;—anoche no ha hecho sino delirar, y en el delirio no hacía sino llamarte.
Examinó Joaquín con todo cuidado y minucia a su amigo, y luego, mirando ojos a ojos a su prima, le dijo:
—La cosa es grave, pero creo que le salvaré. Yo soy quien no tiene salvación ya.
—Sí, sálvamelo!—exclamó ella.—Y ya sabes...
—Sí, lo sé todo!—y se salió.
Helena se fué al lecho de su marido, le puso una mano sobre la frente, que le ardía, y se puso a temblar. «Joaquín, Joaquín—deliraba Abel,—perdónanos, perdóname!»
—Calla—le dijo casi al oído Helena,—calla; ha venido a verte y dice que te curará, que te sanará... Dice que te calles...