»Mi Adah también me echaba dulcemente en cara cuando yo no trabajaba, cuando no podía trabajar. Y Luzbel estaba entre mi Adah y yo. «No vayas con ese Espíritu!»—me gritaba mi Adán. Pobre Antonia! Y me pedía también que le salvara de aquel Espíritu. Mi pobre Adán no llegó a odiarlos como los odiaba yo. Pero llegué yo a querer de veras a mi Antonia? Ah, si hubiera sido capaz de quererla me habría salvado. Era para mí otro instrumento de venganza. Queríala para madre de un hijo o de una hija que me vengaran. Aunque pensé, necio de mí, que una vez padre se me curaría aquello. Mas acaso no me casé sino para hacer odiosos como yo, para trasmitir mi odio, para inmortalizarlo.
»Se me quedó grabada en el alma como con fuego aquella escena de Caín y Luzbel en el abismo del espacio. Vi mi ciencia a través de mi pecado y la miseria de dar vida para propagar la muerte. Y vi que aquel odio inmortal era mi alma. Ese odio pensé que debió de haber precedido a mi nacimiento y que sobreviviría a mi muerte. Y me sobrecojí de espanto al pensar en vivir siempre para aborrecer siempre. Era el Infierno. Y yo que tanto me había reído de la creencia en él! Era el Infierno!
»Cuando leí cómo Adah habló a Caín de su hijo, de Enoc, pensé en el hijo, o en la hija que habría de tener; pensé en ti, hija mía, mi redención y mi consuelo; pensé en que tú vendrías a salvarme un día. Y al leer lo que aquel Caín decía a su hijo dormido e inocente, que no sabía que estaba desnudo, pensé si no había sido en mí un crimen engendrarte, pobre hija mía! Me perdonarás haberte hecho? Y al leer lo que Adah decía a su Caín, recordé mis años de paraíso, cuando aun no iba a cazar premios, cuando no soñaba en superar a todos los demás. No, hija mía, no; no ofrecí mis estudios a Dios con corazón puro, no busqué la verdad y el saber, sino que busqué los premios y la fama y ser más que él.
»El, Abel, amaba su arte y lo cultivaba con pureza de intención y no trató nunca de imponérseme. No, no fué él quien me la quitó, no! Y yo llegué a pensar en derribar el altar de Abel, loco de mí! Y es que no había pensado más que en mí.
»El relato de la muerte de Abel tal y como aquel terrible poeta del demonio nos le expone, me cegó. Al leerlo sentí que se me iban las cosas y hasta creo que sufrí un mareo. Y desde aquel día, gracias al impío Byron, empecé a creer.»
XIII
Le dió Antonia a Joaquín una hija. «Una hija—se dijo—y él un hijo!» Mas pronto se repuso de esta nueva treta de su demonio. Y empezó a querer a su hija con toda la fuerza de su pasión y por ella a la madre. «Será mi vengadora»—se dijo primero, sin saber de qué habría de vengarle, y luego: «Será mi purificadora».
«Empecé a escribir esto—dejó escrito en su Confesión—más tarde para mi hija, para que ella, después de yo muerto, pudiese conocer a su pobre padre y compadecerle y quererle. Mirándola dormir en la cuna, soñando su inocencia, pensaba que para criarla y educarla pura tenía yo que purificarme de mi pasión, limpiarme de la lepra de mi alma. Y decidí hacerle que amase a todos y sobre todo a ellos. Y allí, sobre la inocencia de su sueño, juré libertarme de mi infernal cadena. Tenía que ser yo el mayor heraldo de la gloria de Abel.»
Y sucedió que habiendo Abel Sánchez acabado su cuadro, lo llevó a una Exposición, donde obtuvo un aplauso general y fué admirado como estupenda obra maestra, y se le dió la medalla de honor.