Abel había pintado una Virgen con el niño en brazos, que no era sino un retrato de Helena, su mujer, con el hijo, Abelito. El cuadro tuvo éxito, fué reproducido, y ante una espléndida fotografía de él rezaba Joaquín a la Virgen Santísima, diciéndole: «Protégeme! Sálvame!»
Pero mientras así rezaba, susurrándose en voz baja y como para oirse, quería acallar otra voz más honda, que brotándole de las entrañas le decía: «Así se muera! Así te la deje libre!»
—Con que te has hecho ahora reaccionario?—le dijo un día Abel a Joaquín.
—Yo?
—Sí, me han dicho que te has dado a la iglesia y que oyes misa diaria, y como nunca has creído ni en Dios ni en el Diablo, y no es cosa de convertirse así, sin más ni menos, pues que te has hecho reaccionario!
—Y a ti qué?
—No, si no te pido cuentas; pero... crees de veras?
—Necesito creer.
—Eso es otra cosa. Pero crees?