—Eso no es decir nada, Abel. Habría que ver el caso por dentro...
—Mira, déjate de garambainas. Y por lo que no paso es por la mentira esa de pedirme prestado y lo de «se lo devolveré en cuanto pueda...» Que pida limosna y al avío. Es más claro y más noble. La última vez me pidió tres duros adelantados y le di tres pesetas, pero diciéndole: «Y sin devolución!» Es un haragán!
—Y qué culpa tiene él...!
—Vamos, sí, ya salió aquello, qué culpa tiene...
—Pues claro! De quién son las culpas?
—Bueno, mira, dejémonos de esas cosas. Y si quieres socorrerle, socórrele, que yo no me opongo. Y yo mismo estoy seguro de que si me vuelve a pedir, le daré.
—Eso ya lo sabía yo, porque en el fondo tú...
—No nos metamos al fondo. Soy pintor y no pinto los fondos de las personas. Es más, estoy convencido de que todo hombre lleva fuera todo lo que tiene dentro.
—Vamos, sí, que para ti un hombre no es más que un modelo...