Y se abre la única batalla que hasta hoy ha empeñado Avito en su conciencia. Es en ésta un terremoto; agítansele ondulantes las oscuras entrañas espirituales; el elemento plutoniano del alma amenaza destruir la secular labor de la neptuniana ciencia, tal como así lo concibe, en geológica metáfora, el mismo Carrascal, escenario trágico del combate. «Ha entrado en juego el Inconciente», se dice á cada paso.

Leoncia, la deductiva, la dólico-rubia de sano color, anchas caderas, turgente y levantado pecho, mirar tranquilo y buen apetito, de una parte, de la parte de encima, en las aguas de la ciencia envuelta, y de otra parte Marina, la inductiva, por misteriosa ley de contraste braqui-morena, sueño hecho carne, con algo de viviente arbusto en su encarnadura y de arbusto revestido de fragantes flores, surgiendo esplendorosa de entre los fuegos del instinto, cual retama en un volcán.

Al poco agua y fuego vuelven, como de costumbre, á soldar un pacto; redúcese parte de aquélla á nube, apágase parte de éste. Empiezan á chalanear ciencia é instinto ahora que Avito ha vuelto á ver, como por acaso, á Marina y ha vuelto á departir con ella. El amoroso instinto de Carrascal se dispone á obedecer á la ciencia del teorizante; mas es indicándole antes en silencio, al oído y á oscuras, lo que ha de mandarle.

«El genio ¿no es tan hijo de la naturaleza como del arte?—se dice Avito;—¿no es la naturaleza hecha arte, lo que equivale á decir que es el arte hecho naturaleza? ¿no es el feliz consorcio de la reflexión con el instinto, instinto reflexivo á la par que reflexión instintiva?» Démosle, pues—así piensa esto, en primera persona del plural del presente de subjuntivo, ó de imperativo si se quiere,—démosle su parte de naturaleza, de instinto, de inconciencia; no hay forma sin materia. El arte, la reflexión, la conciencia, la forma lo seré yo, y ella, Marina, será la naturaleza, el instinto, la inconciencia, la materia. Y ¡qué naturaleza! ¡qué instinto! ¡qué materia!... ¡qué materia sobre todo...!—le dicen las corrientes plutonianas con su lenguaje de sacudidas del corazón—¡qué materia! Yo la trabajaré, como las aguas á la tierra, la surcaré, le daré forma, seré su artífice. ¡Cállate! ¡cállate!—le dice á una voz de su interior que le murmura: «mira, Avito, que caes... que caes, Avito... que caes... eso es el señuelo... así no se llega al genio... que caes...» ¡Cállate!—Y termina en esta conclusión: ¡Marina es materia prima de genio, forma de él yo! ¿Pues qué? ¿la belleza física nada quiere decir? Los verdaderos genios, los de verdad, han debido de ser hijos de mujeres guapas, y si la historia lo negare ó es que el supuesto genio no es tal ó es que no se fijaron bien en su madre.

¿Y el informe amoroso? ¿Lo entenderá acaso la braqui-morena plutoniana? Oh, el instinto adivina lo que no entiende. Y recuerda Avito haber contemplado con qué atención observaba una vez una gata á un conejillo de Indias inoculado de tifoidea y la apacible familiaridad con que las aves del cielo se posan en los hilos del telégrafo, lejos de los lirios del campo. Cosa decidida, pues; el documento redactado para Leoncia irá, tal como lo está, á Marina.


Al acabar Marina de leerlo y mientras le danza el corazón, se dice, sin querer, con su hermano: «¡á Carrascal con esto!» Y luego: «¡qué Carrascal este, Dios mío, qué Carrascal! ¡acordarse de mí!» Va en seguida, sin quererlo también, á mirarse al espejo, en el que se encuentra con sus propios ojos que le dicen lo que no se sabe ni se sabrá jamás. «¡Oh, qué Carrascal! sí, está á la altura de su reputación, no hay duda. Y no es feo, no, no es feo, pero yo... Y tiene unas ideas... qué idea, qué idea esta de pretenderme, y de pretenderme así...»

Y ahora, cual avecilla del cielo posada en los alambres telegráficos, lejos de los lirios del campo, se dice: «¿ineludibles necesidades orgánicas...—súbesele el rubor á las mejillas—genio de la especie... ley de Malthus... matriarcado... matriarcado?... ¡matriarcado!... tendencia social á la monogamia... matrimonio y patrimonio... genio del porvenir... pedagogía sociológica... Y ¿cómo le digo que no? ¡Con qué cara le digo que no, yo, pobre de mí, Marina del Valle, á todo un don Avito Carrascal! Alguno había de ser, éste ú otro... pero don Avito... ¡don Avito Carrascal! ¿Cómo le digo que no? ¿Cómo se hace eso? Si viviera mi madre para aconsejarme... ¡pero Fructuoso, nada más que Fructuoso!» Al recordar á su hermano una ráfaga de aire frío le vuelve á la realidad, porque Fructuoso del Valle, tratante en granos y presidente del comité lopecista, es un saco del más barato sentido común.

Al recibir Carrascal carta de Marina, en que acepta ésta las relaciones que aquél le ha propuesto, se dice: «¡la ha copiado de algún manual!» y se satisface. ¿No es el copiar lo propio del instinto, de la naturaleza, de la materia? La carta dirá lo que quiera, ¿pero los ojos...? ¡Oh, los ojos! Estos sí que al copiarlo todo no copian nada; son absolutamente originales, con clásica originalidad, que de plagios se mantiene.

Procúranse una entrevista en que Avito se propone estar masculino, dominador, cual cumple á la ciencia, y domeñar á la materia al punto.