—¡Oh la ignorancia, lo que es la ignorancia! fenómeno es...

—No, no, nada de fenómenos... y menos repetidos...

—¡Pero qué ojos, Marina, qué ojos!—y en su interior añade: «¡cállate!» á la voz que le murmura: «que caes, Avito... que caes... que la ciencia marra...»

—Pero no se ría si digo algo...

—Yo no me río cuando se trata de algo serio, y nosotros, Marina, tratamos ahora de lo más serio que hay en el mundo.

—Es verdad—agrega Marina con profunda convicción y maquinalmente, con la convicción de una máquina.

—Y tan verdad como es. Se trata, Marina, no ya de decidir de nuestra suerte, sino de la suerte de las futuras generaciones acaso...

Se pone la Materia tan grave que al abrir los ojos hace vacilar á la Forma.

—La suerte de las futuras generaciones, digo... ¿Sabes tú, Marina, cómo hacen las abejas su reina?—y se le acerca.

—No entiendo de esas cosas... Si no me lo dice...