—¿Por Dios? ¿Dios?... bueno... sí... todo es cuestión de entenderlo... Acabarás por hacerme creer en él—y lanzando un «¡cállate!» á la voz interior que le dice: «que marra la ciencia... que caes, Avito...», coge á la Materia en brazos y la aprieta contra el pecho.

—Déjeme, por Dios, déjeme... déjame... mi hermano...

—¿Quién? ¿Fructuoso?

—Lo mejor será acabar pronto, Avito.

—Querrás decir empezar pronto, Marina.

—Como quieras.

—Sí, empezar pronto como quiera. Y ahora ven, sellemos el pacto.

—¿Qué es eso?

—Ven, ven, y lo verás.

La coge ahora de nuevo, la aprieta en los brazos y le pega en la boca un beso, de los que quedan. Y así, sujeta, sofocada la pobre, con el corazón alborotado, dícele él: