—¡Pero mujer, con don Avito Carrascal!...
—Con alguno había de ser...
—¡Claro! ¡pero... con Carrascal!
—¿Tienes algo que oponer?
—¿Oponer? yo no.
«¡Con Carrascal!—piensa—¡cuñado de don Avito! ¡psé! Como marido tal vez lo haga bien... Fortuna... tiene... gastador no es... lo demás la familia lo trae consigo... Y después de todo, para lo que ella vale...» Todo esto pasa por la mente de Fructuoso que como saco de sentido común es profundamente egoísta, por ser el egoísmo el sentido común moral.
—¿Oponerme? ¡Dios me libre! ¡Cásate con quien quieras, siempre que sea persona honrada y que pueda mantenerte sin necesitar de tu dote, aunque sea con don Avito!
«¡Qué bruto!» se dice en su corazón Marina, que aun sin saberlo, ve en el matrimonio una manera de libertarse del tratante en granos.
Para Carrascal llega la segunda batalla, la de si habrá de casarse por lo religioso, transigiendo con el mundo. Acude á la sociología y ésta le convence á transigir.
Y he aquí cómo se unen la Materia y la Forma en indisoluble lazo.