A muchos parecerá esta novela un ataque, no á las ridiculeces á que lleva la ciencia mal entendida y la manía pedagógica sacada de su justo punto, sino un ataque á la ciencia y á la pedagogía mismas, y preciso es confesar que si no ha sido tal la intención del autor—pues nos resistimos á creerlo en un hombre de ciencia y pedagogo—nada ha hecho por lo menos para mostrárnoslo.
Parece fatalmente arrastrado por el funesto prurito de perturbar al lector más que de divertirle y sobre todo de burlarse de los que no comprenden la burla. No sabemos bien por qué un hombre serio en su conducta, que ocupa una posición y que ni hace ni dice nada que se salga de los términos corrientes y ordinarios, padece de una morbosa manía contra las personas graves y aborrece tanto á los que no se salen nunca de su papel y adoptan siempre un continente severo. Acostumbra decir que todo hombre grave es por debajo tonto de capirote, y no tiene razón en esto.
Esta su manía de atribuir más á tontería que á maldad las mezquindades humanas acusa una cualidad de que debe curarse. Parece imposible que un hombre que lee, según nuestros informes, con alguna asiduidad los Evangelios no haya meditado más en el versillo 22 del capítulo V del Evangelio de San Mateo.
Mas repetimos que el defecto más grave que á esta obra puede señalársele es que no se sabe á punto fijo qué es lo que en ella se propone su autor, pues nos resistimos á creer que no se proponga más que hacer reir á unos y escandalizar á otros.
Perjudícale en gran manera la aversión que al dictado de sabio tiene y el empeño ridículo que pone en que no se lo apliquen. No acertamos á explicarnos por qué le molesta tanto ese tan honroso nombre, como no acertamos á explicarnos el que escribiendo con tanta frecuencia y siendo profesor de literatura griega ponga tanto cuidado en no escribir nunca de semejante literatura. ¿Será que la conoce mal y teme mostrar su flaqueza en aquello de que oficialmente es maestro? No sabremos decirlo.
Otra manía tiene que le daña también mucho, y es la manía contra la literatura española. Tan mal la conoce ó con tal suma de prejuicios la estudia—si es que la estudia—que suele decir que es la literatura española el más claro espejo de la vulgaridad y la ramplonería y que el espíritu que en ella se refleja es un espíritu ahito del más embrutecedor sentido común. Y á la vez que siente aversión hacia la literatura española siéntela, y no menor, hacia la francesa, y cuando el espíritu de una y otra se fusionan, surge algo que para él se simboliza en Moratín. Cuando de Moratín habla—le hemos oído hablar de él varias veces—pierde los estribos y no reconoce mesura alguna. «Moratín es un abismo de vulgaridad y de insignificancia—le hemos oído decir,—sus obras son el más insípido manjar que puede darse; ni tiene sentimiento, ni imaginación, ni inteligencia; es frío, no ha ideado ni una sola metáfora nueva, no piensa más que con el pensamiento de todo el mundo; es sencillamente un caso de imbecilidad por sentido común.» No sabemos que haya escritor á quien aborrezca más que á éste no siendo á Jenofonte. ¿Qué le habrá hecho Jenofonte?
Sí, esta es la cuestión: ¿qué le habrá hecho Jenofonte? Y puede ampliarse preguntando qué le habrán hecho Moratín y qué la literatura española y la francesa, y hasta el mismo espíritu español qué es lo que le habrá hecho. Porque lo primero que de un escritor debe exigirse es que tenga respeto á su público y le trate lealmente, y la verdad, á las veces se exterioriza de tal modo en sus escritos el autor de esta novela, que nos parece no llega su respeto al público que le lee al punto que debiera llegar, y esto es imperdonable. El público tiene ante todos los demás y sobre todos los demás el indisputable derecho de saber cuándo se le habla en broma y cuándo en serio, si bien es cierto que le divierte el que se le hable con cierta seriedad fingida ó con cierta fingida broma, según los casos. Ocasiones hay en que un lector suspicaz pudiera creer que no se propone nuestro autor otra cosa sino que sus lectores digan: «Esto ya pasa de la raya... este hombre quiere tomarnos el pelo.» Y tal propósito, si le hubiere, es en verdad intolerable.
Todas estas y otras aberraciones de su espíritu, que por no recargar este juicio pasamos en silencio, le han llevado al señor Unamuno á producir una obra como esta, que es, lo repetimos, una lamentable, lamentabilísima equivocación.
Obsérvese en primer lugar que los caracteres están desdibujados, que son muñecos que el autor pasea por el escenario mientras él habla. El don Avito nos hace sufrir una decepción, pues cuando todo hace suponer que impondrá un severo régimen pedagógico á su hijo, nos encontramos con que es un pobre imbécil que le tupe de cosas de libros, pero dejándole hacer, y que se entrega al don Fulgencio, sin advertir las mixtificaciones de éste. De Marina más vale no hablar; el autor no sabe hacer mujeres, no lo ha sabido nunca.