Mira que luego riñe

Riñe tu padre.

Duerme, niño chiquito,

Que viene el coco

A llevarse á los niños

Que duermen poco...

Y Apolodoro va aprendiendo, bajo la dirección técnica de su padre, el manejo del martillo de su puño, de las palancas de sus brazos, de las tenazas de sus dedos, de los garfios de sus uñas y de las tijeras de los recién brotados dientes. Y por sí solo, ¡cosa singular! sin dirección alguna, adelantando la cabeza cuando quiere, sí, cuando quiere comer de lo que le presentan y sacudiéndola de un lado á otro para que no se lo encajen en la boca, cuando no lo quiere, no, no quiere comerlo, aprende á decir mudamente y no, las dos únicas expresiones de la voluntad virgen.

Su padre, sin embargo, se dedica un rato todos los días á frotarle bien la cabeza por encima de la oreja izquierda para excitar así la circulación en la parte correspondiente á la tercera circunvolución frontal izquierda, al centro del lenguaje, pues algo de la excitación ha de atravesar el cráneo y ayudar al niño á romper á hablar.