—¿Bien, y qué?—le pregunta su padre con ansia así que llega á casa.

El hijo calla y el padre se dice: «este chico es una esfinge... ¿germinará?»


Acaba de conocer Apolodoro á Menaguti, al melenudo Menaguti, sacerdote de Nuestra Señora la Belleza, ó como su tarjeta de visita dice:

Hildebrando F. Menaguti

poeta

poeta sacrílego, entiéndase bien.

—El amor, el amor lo es todo; toda grande obra de arte en el amor se inspira; no hay más tábano poético—Menaguti traduce estro—que el del amor; todos los trillamientos del alma—sabe que de tribulare vino «trillar»—del amor vienen; el amor es el gran principio hupnótico—aspirando la h—la Iliada, la Divina Comedia, el Quijote mismo y hasta el Robinsón en el amor se inspiran, tácita ó expresamente. Hay que hacer obra de amor, obra de arte; no hay más genio que el genio poético. Haz poesía, Apolodoro.