«¡Mejor obrando olvidar, sin indagarlo, este enorme misterio del universo!» escribió Carducci en su Idilio maremmano, el mismo Carducci que al final de su oda Sobre el monte Mario nos habló de que la tierra, madre del alma fugitiva, ha de llevar en torno al sol gloria y dolor

hasta que bajo el Ecuador rendida,

a las llamadas del calor que huye,

la ajada prole una mujer tan sólo

tenga y un hombre,

que erguidos entre trozos de montañas,

en muertos bosques, lívidos, con ojos

vítreos te vean sobre inmenso hielo,

¡oh sol, ponerte![14]

¿Pero es posible trabajar en algo serio y duradero, olvidando el enorme misterio del universo y sin inquirirlo? ¿Es posible contemplarlo todo con alma serena, según la piedad lucreciana, pensando que un día no se ha de reflejar eso todo en conciencia humana alguna?