—¡Grave te pones, chica!—y se esforzó en reirse.
—Nací con esa gravedad encima, dicen. El tío asegura que la heredé de mi madre, su hermana, y de mi abuela, su madre. No lo sé, ni me importa. Lo que sí sé es que me gustan las cosas sencillas y derechas y sin engaño.
—¿Por qué lo dices, Tula?
—¿Y por qué rehuyes hablar de vuestro casamiento a mi hermana? Vamos, dímelo, ¿por qué?
El pobre mozo inclinó la frente arrebolada de vergüenza. Sentíase herido por un golpe inesperado.
—Tú le pediste relaciones con buen fin, como dicen los inocentes.
—¡Tula!
—¡Nada de Tula! Tú te pusiste con ella en relaciones para hacerla tu mujer y madre de tus hijos...
—¡Pero qué de prisa vas...!—y volvió a esforzarse a reirse.
—Es que hay que ir de prisa, porque la vida es corta.