—¡Pues bien, Gertrudis, quiero decirte toda la verdad!
—No tienes que decirme más verdad—le atajó severamente—; me has dicho que quieres a Rosa y que estás resuelto a casarte con ella; todo lo demás de la verdad es a ella a quien se la tienes que decir luego que os caséis.
—Pero hay cosas...
—No, no hay cosas que no se deba decir a la mujer...
—¡Pero, Tula!
—Nada de Tula, te he dicho. Si la quieres, a casarte con ella, y si no la quieres, estás de más en esta casa.
Estas palabras le brotaron de los labios fríos y mientras se le paraba el corazón. Siguió a ellas un silencio de hielo, y durante él la sangre, antes represada y ahora suelta, le encendió la cara a la hermana. Y entonces, en el silencio agorero, podía oírsele el galope trepidante del corazón.
Al siguiente día se fijaba el de la boda.